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El apóstol Pablo escribió: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2ª Corintios 4:5-6).

     Probablemente podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos demasiado en el diagnostico, que “tal vez vivamos en la sociedad más narcisista de la historia”. La autoestima de esta generación y el culto al amor a uno mismo, no tiene precedentes como fenómeno mundial y se ha visto, sin ningún género de dudas, tremendamente potenciado por las redes sociales y los canales de comunicación de masas a través de internet.

     Gracias a plataformas como YouTube, Instagram, X, Twich y otras similares, se han levantado un sinfín de púlpitos virtuales en los que personas generadoras de opinión y contenido, que abarcan todas las materias, desde todas las ópticas y para todos los gustos; y que han conseguido aglutinar en torno a la figura de ellos mismos, enormes masas de fieles parroquianos del s. XXI, dispuestos a enzarzarse en discusiones y descalificaciones para defender a su influencer favorito.

     El ritual del buen parroquiano se caracteriza por estar suscrito al canal y dar a like a los videos o publicaciones. Los muy devotos activan la campanita para seguir actualizados con las nuevas entregas e incluso los más vanidosos pagan distintas cantidades de dinero por la satisfacción de escuchar la validación de su influencer favorito al leer un comentario escrito por el propio parroquiano en los conocidos Superchat.

     Los mensajes y opiniones de muchos de estos predicadores de sí mismos, de su visión y de su justicia, les han generado muchos réditos económicos. Algunos viven como auténticos millonarios. Han hecho de esto su profesión, viven de ello. Su constancia, dedicación y carisma han abierto los oídos y los bolsillos de sus respectivas comunidades, que disfrutan de la suficiencia, acidez y contundencia de sus análisis como si lo que ellos dijesen fuese palabra de Dios, cuando son meras opiniones humanas, con sus limitaciones, sesgos y prejuicios.

     Sin embargo, como dijo el apóstol Pablo, nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, no tenemos nada de qué presumir. No somos “sabios según la carne, ni poderosos, ni nobles” como dice 1ª Corintios 1:26. Somos pecadores redimidos por la sangre de Cristo y por eso le predicamos a Él, quien sí que es sabio, poderoso y “Señor de señores y Rey de reyes” (Apocalipsis 17:14). Es a Él a quien invitamos a seguir, el único justo y perfecto, cuyas palabras y mandamientos fueron acompañadas con la autoridad de los hechos.

     Ahora bien, ¿Cómo han proliferado tantos influencer y cómo han aglutinado tantos seguidores entorno a ellos mismos? Pues muy sencillo:

  1. Porque responden a la demanda de entretenimiento de la gente que los consume, y
  2. Porque cada uno elige al comunicador que imparte un mensaje que coincida con lo que queremos oír y afirme nuestras convicciones.

     Muchos de ellos, sabiendo el perfil de sus seguidores, incluso se autolimitan y autocensuran para decir aquellas cosas que sus seguidores esperan que diga, para de esta manera no contrariarlos por temor a que se vayan a otras comunidades y que sus seguidores disminuyan. Sin embargo, el apóstol Pablo tiene claro que en el ámbito de la fe, no podemos adaptar el evangelio al gusto del consumidor, ni para entretener ni para acallar conciencias, porque no es un mensaje nuestro sino de Dios mismo. Y no nos debemos a nuestra “audiencia” sino a Dios.

     2ª Corintios 4:1-2 “Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos. Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios”.

     Así que no debiera preocuparnos tanto que el mensaje del evangelio sea poco atractivo para la sociedad que nos rodea y que haya gente que lo rechace o se vaya, del mismo modo que no le preocupó al Señor Jesús que hubiese gente que se sintiese ofendida por su predicación y decidiera dejar de seguirlo (Juan 6:60-68). Mas bien, nos debería importar ser completamente fieles al cometido que tenemos asignado de predicar su palabra en forma y fondo. Aunque eso nos genere más perseguidores que seguidores. De hecho, el propio Señor Jesús durante su ministerio tuvo bastante más perseguidores que seguidores y él mismo enfatizó esto a sus discípulos cuando dijo: “acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:20).

     Pero con la advertencia, también insufló consuelo y esperanza cuando dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

     Que nuestro sentir sea el mismo que el que tuvieron los apóstoles cuando fueron perseguidos y azotados pero “salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (Hechos 5:41).

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