En el capítulo 3 de Eclesiastés encontramos la afirmación de que «todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Entre otros tiempos, están los que se refieren a los momentos vitales como son el “tiempo de nacer, y tiempo de morir”. Y que la clave está en entender que la muerte no es el final, sino el principio de una eternidad que podemos disfrutar gracias a aquel que venció a la muerte, a Jesús.
Ahora bien, durante nuestra singladura por la vida, ¿Cómo enfrentamos todos esos tiempos que nos van a tocar vivir, especialmente los malos? El libro de Eclesiastés nos da la respuesta, y lo hace con uno de los textos que más nos pueden descolocar, y que demuestran la gran distancia que existe entre la forma de entender la vida del hombre sin Dios y con Él. Se encuentra en Eclesiastés 7:1-3, y dice así “Mejor es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete… Mejor es el pesar que la risa…”. En resumen, hay que afrontar los malos tiempos con optimismo, porque a la luz de este texto, tal vez no sean tan malos…
Las bienaventuranzas de las adversidades
¿En serio? ¿Quién en su sano juicio puede hacer todas estas afirmaciones? Jesús nos ayuda a entender esto, que es posible sentirse afortunado incluso atravesando malos momentos. Y lo hace a través de una de sus enseñanzas más conocidas: las bienaventuranzas. En Lucas 6:20-21 se recogen algunas de ellas “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis”.
Las bienaventuranzas no son deseos de Jesús. Él no está diciendo que desea que los pobres, los hambrientos, los que lloran… sean bienaventurados, afortunados o felices. ¡Está afirmando que así es, que lo son! ¿Cómo? Debemos entender que Jesús no se refiere a la pobreza material o al hambre física, se refiere a la pobreza espiritual y al hambre y sed de justicia.
¿Sientes un vacío espiritual que nada puede llenar? ¿Te hierve la sangre al ver las injusticias que te rodean? Por incomprensible que resulte, pese a ir contra toda lógica humana, si eres de esos debes sentirte afortunado porque en Dios, y por medio de Jesús, puedes ser saciado. Jesús dice que el reino de los cielos es de aquellos que así se sienten. Aquellos que no encuentran plenitud en lo que el mundo y la vida les ofrece, y la buscan en Él.
El principio de la vida eterna
Retomando el texto de Eclesiastés 7. ¿Podemos afirmar, entre otras cosas, que mejor es el día de la muerte que el día del nacimiento? Por supuesto que sí. Cualquier hombre nace y empieza a morir, cada día es un día menos, pero para aquel que ha depositado su confianza en Jesús la muerte es solo el principio de la vida eterna.
No sé qué tiempos estás viviendo, ni cuales te tocarán vivir próximamente. Pero con Dios la perspectiva cambia. Aun cuando pases por valle de sombra y de muerte podrás exclamar “Jehová es mi pastor, nada me falta”. Y podrás pensar en tiempos futuros, y afirmar con esperanza que “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días”.
Espero que la falta de tiempo, o de valor, no te impida darte cuenta de que hoy todavía estás a tiempo de tomar decisiones presentes con implicaciones eternas.
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