¿Te imaginas cómo sería la sensación de vivir en un abrazo eterno? El abrazo por necesidad implica compañía. Porque un abrazo supone la presencia de alguien más allá de uno mismo. Es como verbalizar sin palabras un sentimiento de amor puro. Es la encarnación del cariño.
Un abrazo puede manifestar muchas cosas. Es la expresión del deseo de retener a un ser querido en una despedida porque no quieres que se vaya. Como decir sin palabras: ¡Quédate conmigo! o ¡Llévame contigo! ¡Déjame tu impronta para que te pueda sentir entre mis recuerdos! o ¡Llévate mi energía para que te acompañe hasta que nos volvamos a ver! Porque el abrazo también es eso, el cálido recibimiento de un reencuentro que se espera con ganas.
Pero el abrazo, es algo más allá de una despedida o bienvenida. Es un gesto que tiene múltiples propiedades. Una medicina para el alma que es buena para todo tipo de situaciones. Es el mejor bálsamo que se puede aplicar ante un llanto desesperado, ya sea cuando eres niño y tienes una pesadilla inconsolable mientras duermes, o cuando creces y eres testigo en primera persona de cómo las pesadillas se transforman en realidad. Y ahí es, en ese lugar en donde te sientes pequeñito y frágil, cuando quieres unos brazos que te reconforten y ayuden a recoger los pedazos de un corazón roto.
El abrazo también son las puertas de tu vida que abres a los demás, para que formen parte de tu espacio vital, mientras exclaman al elegido: ¡Eres de los míos! Es la euforia compartida de un éxito colectivo o el orgullo de la satisfacción que produces en los demás cuando se alegran sinceramente de tus éxitos personales. O la alegría porque un suceso muy esperado, por fin, haya tenido lugar.
El abrazo también es protección, es la disposición de poner tu cuerpo para defender de un golpe a alguien que es importante para ti. Pero el abrazo también es reconciliación, el sello con el que se arreglan las ofensas cuando hay arrepentimiento y perdón. Un descanso de la fatiga que produce la distancia del rencor.
En definitiva, vivir en un abrazo es darse a uno mismo en espíritu, alma y cuerpo. Es la expresión máxima de amor.
Distintos tipos de abrazos en la Biblia
En la Biblia, para lo grande que es, no hay muchos ejemplos de abrazos. Sin embargo, podemos enumerar los siguientes:
- La bienvenida de Labán con la que recibió a su sobrino Jacob (Génesis 29:13).
- La reconciliación de Esaú y Jacob después del desencuentro que sufrieron por la primogenitura (Génesis 33:4).
- Los reencuentros de José al ver a su hermano Benjamín (Génesis 45:14) y a su padre Jacob, después de pasar toda una vida separados. José no pudo contener las lágrimas en un abrazó intenso tanto por tiempo como por emoción (Génesis 46:29).
- La emoción desbordada de la mujer sunamita al poder abrazar un hijo, después de toda una vida de sufrimiento por ser estéril (2ª Reyes 4:16).
- La alegría de María Magdalena y la otra María por encontrar a Jesús tras la resurrección (Mateo 28:9).
- El abrazo fraternal de la congregación que despidió al apóstol Pablo cuando se despedía de los hermanos rumbo a Jerusalén (Hechos 21:6).
- El abrazo de alivio que el apóstol Pablo dio a Eutico al comprobar que no se había muerto tras sufrir una caída peligrosa (Hechos 20:10)
Contextos distintos, emociones dispares, pero un nexo en común: Un cuerpo que recibe a otro mientras unos brazos lo rodean de emoción.
El abrazo al hijo pródigo
De sobra es conocida la parábola del hijo pródigo. Esta parábola cuenta la historia del hijo menor de un hombre próspero que, en su soberbia, decide exigirle a su padre la herencia en vida para irse a vivir lejos de él. Sin duda, un mensaje duro de escuchar para cualquier padre. Unas palabras llenas de ingratitud.
El padre, sin tener porqué, accede. Y el hijo menor rompe con la familia para irse lejos a vivir su vida con los bienes del padre. Todo era una fiesta, llena de nuevos amigos interesados que revoloteaban alrededor del dinero como polillas a un foco de luz. El desenfreno pulió sus bienes y la contrariedad se manifestó en forma de hambruna. Sólo. Sin dinero, ni bienes ni amigos. De pronto se encuentra malviviendo en una piara de cerdos, haciendo los trabajos penosos y sucios que nadie más quiere hacer.
Y de pronto, abre los ojos y recuerda lo bien que se vivía en casa de su padre. ¿Pero cómo volver? ¿Con qué cara se va a presentar en casa de su padre después de todo lo que ha hecho, después de faltarse al respeto tan gravemente? Y empieza a cavilar, y consciente de que no puede reclamar sus derechos de hijo, concluye que tal vez pueda ofrecerse como jornalero.
Así que emprende el camino más difícil de la vida de una persona: El camino del arrepentimiento. Ese que se anda cuando uno sabe que le ha pifiado y tiene que regresar porque no hay nada bueno en perseverar en su curso. Un camino que se torna más difícil cuanto más se ha recorrido.
Y a medida que camina, va elaborando un discurso con el que poder convencer al padre de que le acepte, aunque sea en un escalafón inferior. Como un siervo.
Pero cuando el padre lo ve, no pudiendo resistirse, sale corriendo hacia el hijo y se abraza al cuello mientras le da un beso (Lucas 25:20). Un instante eterno. Un abrazo para quedarse a vivir en él. Sin interrupciones. Ni siquiera hubo tiempo para que el hijo dijera nada. Y cuando por fin se relaja la emoción y el hijo intenta esbozar su discurso, el padre eufórico le pide a sus siervos ropas limpias, calzado para sus pies fatigados, el anillo de la familia y hacer una fiesta porque su hijo al que tenía por muerto, ha vuelto a casa y está vivo.
Vivir en el abrazo de Dios
Dios quiere recoger nuestras cargas, reconfortar nuestra alma y acompañarnos en el camino. Mientras estemos aquí, en el cuerpo, podemos ver la obra de su mano, tal y como decía el salmista:
«Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca, cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la noche. Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré.
Está mi alma apegada a ti; tu diestra me ha sostenido» (Salmos 63:4-8).
Pero el mensaje del evangelio, va más allá de la vida terrenal, con sus altos y bajos. El evangelio es la reconciliación de la humanidad con Dios por medio de Cristo.
Dios quiere rodearnos con sus brazos para darnos una vida eterna en la que podamos vivir en un abrazo para siempre a su lado. Como dice en Apocalipsis 21:4: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».
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