Mujer sostiene un cartel que trata sobre la esperanza
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El apóstol Pedro escribió: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1ª Pedro 3:15).

Es decir, que debemos tener argumentos y razones sobre las que se levante nuestra fe y que puedan ser compartidas con otros cuando alguien nos pregunte: ¡Oye! ¿Pero tú por qué crees en Jesús? ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué Él y no otra persona? ¿Por qué el cristianismo y no otra religión, u otra filosofía, o ideología o causa?

La curiosidad, genuina, fingida o recreativa, del que pregunta no se va a quedar satisfecha si nuestra respuesta es: “Pues porque sí”. Porque responder de esta manera sería el equivalente a manifestar que nuestra decisión es fruto de un capricho basado en nuestros gustos y preferencias.

Tampoco será suficiente si respondemos: “Porque he sido educado así”. Porque esto pondría de manifiesto que somos lo suficientemente vagos intelectualmente como para cuestionarnos sí es correcto o no aquello que defendemos. Además, revela que si hubiésemos recibido una educación radicalmente opuesta, también la haríamos nuestra por una cuestión de comodidad. Así que alguien que no tiene el interés suficiente en profundizar en aquello que afirma… ¿Qué clase de interés puede generar lo que diga?

Mucho menos se va a quedar satisfecho si nuestra respuesta es un simple encogimiento de hombros y una declaración que no sepa argumentar un porqué… “Pues, no sé”.

Interesados de corazón en la esperanza

Como seres creados a imagen de un Dios inteligente y lógico, que tiene motivaciones y propósitos coherentes, nosotros también estructuramos y construimos nuestra vida con arreglo a esos parámetros de lógica, argumentos y motivaciones. Y los cultivamos para nosotros mismos y también se los exigimos a los demás cuando nos quieren convencer de algo.

Recuerdo que hace muchos años cuando vivíamos en Orense y mi padre visitaba iglesias de algunos pueblos de la provincia en los que ya sólo quedaban cuatro o cinco abuelitos, una vez una anciana que llevaba toda la vida ahí, era creyente de segunda generación, le dijo después de una predicación: “Yo la verdad, es que de esto nunca he entiendo nada”.

Yo le dije a mi padre: ¡Bueno! Estoy seguro de que Dios que conoce las circunstancias y los corazones, y que es un Dios justo, ponderará todo en su justa medida. Sabrá ver que esta mujer anciana que no pudo ir a la escuela y que no sabe leer, probablemente no haya podido desarrollar un conocimiento muy elevado como para entender las profundidades de la fe…

Recuerdo que mi padre me interrumpió y me dijo: ¡Sí! Pero cuando llegaron a las casas las lavadoras, llenas de programas y botones, dejó de ir a lavar al río. Y todas esas limitaciones no fueron impedimento para que aprendiera y entendiera cómo funcionaba esa máquina.

Así que sí. Es una cuestión de interés. De lo que nos interesa de verdad.

Esta historia, me recuerda a cuando Jesús dijo: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón” (Mateo 6:21).

Y también, cual era el deseo del apóstol Pablo en su epístola a los Filipenses escribió: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1:9-11).

Es decir, cultivar un amor maduro que abunde en ciencia y conocimiento para que aprobemos lo mejor.

La obra de Jesús como argumento

Cuando el apóstol Pedro hacía referencia a la esperanza que mora en nosotros, previamente, hasta en dos ocasiones ya nos había explicado tanto el propósito como los efectos de la misma. Así lo vemos en los siguientes textos:

“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1ª Pedro 1:3-5).

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1ª Pedro 1:18-21).

Es decir, que la sangre preciosa de Cristo, sin mancha ni contaminación, es suficiente para salvarnos de la condenación eterna y cumplir la justicia de Dios. Hasta el punto de que la muerte no pudo contener a Jesús y resucitó, para darnos esa herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros. No por nuestros méritos, sino exclusivamente por los suyos en nuestro favor.

El gran milagro es este: Jesús resucitó. Se levantó de la muerte. Y lo extraordinario es que por la  resurrección de Jesús tenemos la seguridad de que todas las otras cosas que hizo, las promesas que hizo son verdaderas y confiables.

Me gusta la escena que había descrito un hombre al que escuché defender su fe y que venía a decir algo parecido a este ejemplo:

Si saliésemos a la calle, empezamos a caminar y al final del camino nos encontramos que el camino se divide en dos caminos y no sabemos qué camino elegir… ¿Preguntaríamos, no?

Y si al comienzo de cada uno de esos caminos nos encontrásemos con que hay dos personas reclinadas en el suelo, y resulta que una está viva y la otra muerta… ¿A quien le preguntarías que camino seguir? Al que vive.

El único que puede dar la verdadera respuesta es el que vive y Cristo vive para siempre.

Jesús es el único camino

La respuesta a nuestra elección por Jesús se debe a que por medio de sus obras y su resurrección, podemos encontrar fiabilidad en sus palabras. Esas mismas palabras que estando con sus discípulos y ante una pregunta de Tomás, les dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. (Juan14:6)

Esta es la esperanza que defendemos, pero no todas las esperanzas que el mundo ofrece llevan a la vida:

“Hay camino que al hombre le parece derecho; Pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12). “Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; Pero Jehová pesa los corazones” (Proverbios 21:2). Da igual la apariencia de las cosas o nuestra esperanza subjetiva. Jesús es el camino. El único.

Sin embargo, el hombre en su deseo de hacer las cosas a su manera y crear su propio camino ha desarrollado a lo largo de la historia múltiples alternativas.

Así encontramos muchos caminos y propuestas, como las de Lao Tse, Nietzsche, Confucio, Mahoma, Marx, Hayek… Otros se rinden a una visión nihilista de la vida, en donde nada tiene sentido y por ende no merece la pena hacer nada porque todo da igual… Otros se empachan de su propia arrogancia y no dejan de alimentarse de su ego. Frank Sinatra lo inmortalizó muy bien en su canción My Way:

Y ahora, el final está cerca

Y entonces me enfrento al telón final

Mi amigo, lo diré sin rodeos

Hablaré de mi caso, del cual estoy seguro

He vivido una vida plena

Viajé por todas y cada una de las autopistas

Y más, mucho más que esto

Lo hice a mi manera

Hay quienes piensan que da igual porque al final: “todos los caminos llevan a Roma” y que da igual el camino que elijamos porque al final todos llevan al mismo destino.

Sin embargo, Jesús dijo:

“Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición. Y muchos son los que entran por ella porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida. Y pocos son los que la hallan”(Mateo 7:13-14).

Así que, de entre todos los caminos que hay y que el mundo ofrece ¿Has elegido el camino de Jesús? ¡Muy bien! ¿Por qué?

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