memorial de piedras que representan el paso de Israel por el Río Jordán
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El pasado 09 de marzo estábamos en la iglesia y como de costumbre Nicolás estaba sentado en mi regazo. Durante la mesa del Señor, me vio tomar un trozo de pan de la bandeja y con su vocecita de niño pequeño me dijo:  ¡Papá! ¿Qué es eso? ¿Qué es eso?

No es que no haya visto un trozo de pan en su vida, o para ser exactos, de pan de molde que es que utilizamos. Creo que su pregunta era más bien a ¿por qué haces eso? ¿Qué es eso?

Las personas somos curiosas y nos gusta saber el cómo, el por qué  o el propósito que hay detrás de las cosas. Y los niños, que en su escaso recorrido vital han sido más observadores que actores, lo son mucho más. Sencillamente están descubriendo su entorno y cómo funciona el mundo. A diferencia de los adultos que ya han acumulado muchas experiencias y parecen venir de vuelta de todo, para los niños es todo novedoso.

Lo más llamativo es que ellos, de forma casi innata, intuyen que todo tiene una explicación. Que las cosas no se hacen ni son porque sí o porque no. Que cuando se hace algo de una determinada manera, que rompe la rutina de lo que es habitual en el día a día, es porque hay una explicación. Y tienen razón. Las cosas que hacemos encierran una lógica o un significado. “Papá ¿Qué es eso?”

Su pregunta curiosa e inocente me recordó algunos pasajes en los que Dios había anticipado al pueblo de Israel, con una mención especial para los padres, que sus hijos también les iban a hacer el mismo tipo de preguntas que mi hijo me había hecho a mí. Por ejemplo:

Los papás que salieron de Egipto

El pueblo de Israel era un pueblo esclavo en la tierra de Egipto. Un pueblo subyugado y maltratado hasta la muerte (Éxodo 1:12-14). En medio del sufrimiento cotidiano, incluso tuvieron que soportar cómo los egipcios ordenaron la matanza de los bebés varones recién nacidos que tenían los israelitas porque al ver el número de estos, los egipcios tenían miedo de que en un futuro hiciesen una alianza con sus enemigos (Éxodo 1:9-10).

Cuando Dios determinó el tiempo para la liberación de su pueblo, y tras el endurecimiento del Faraón, dobló su voluntad con las diez plagas y Dios ordenó a su pueblo que celebrasen la fiesta de los panes sin levadura y la consagración de los primogénitos, y estableció un memorial.

“Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: “¿Qué es esto? le dirás:

Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre; y endureciéndose Faraón para no dejarnos ir, Jehová hizo morir en la tierra de Egipto a todo primogénito, desde el primogénito humano hasta el primogénito de la bestia; y por esta causa yo sacrifico para Jehová todo primogénito macho, y redimo al primogénito de mis hijos.

Te será, pues, como una señal sobre tu mano, y por un memorial delante de tus ojos, por cuanto Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte” (Éxodo 13-14-16).

Los papás que cruzaron el Río Jordán

El pueblo de Israel que salió de Egipto no fue el mismo que estaba a punto de entrar en la tierra prometida (Números 14:22-23). Dios decidió darse a conocer a esta nueva generación mostrando su apoyo y poder con una manifestación sobrenatural. Abrió el río Jordán emulando lo que ya había hecho con el Mar Rojo (Éxodo 14:21).

Dios quería hacer entender al pueblo de Israel que iba a estar con ellos para derrotar a las naciones paganas que habitaban la tierra prometida. Así que les ordenó levantar un monumento de doce piedras sacadas en el camino abierto en medio del Río Jordán y hacer un monumento conmemorativo (Josué 4:7-8).

Josué siguiendo las instrucciones de Dios explicó al pueblo el significado y lo que debían de hacer para con sus hijos. Tal y como dice:

“Y habló a los hijos de Israel, diciendo: Cuando mañana preguntaren vuestros hijos a sus padres, y dijeren:

¿Qué significan estas piedras? declararéis a vuestros hijos,  diciendo:  Israel pasó en seco por este Jordán.

Porque Jehová vuestro Dios secó las aguas del Jordán delante de vosotros, hasta que habíais pasado, a la manera que Jehová vuestro Dios lo había hecho en el Mar Rojo, el cual secó delante de nosotros hasta que pasamos; para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano de Jehová es poderosa;  para que temáis a Jehová vuestro Dios todos los días” (Josué 4:21-24).

El triple propósito de los memoriales

Por un lado está el hecho de mantener vivo el recuerdo, rememorar la experiencia del poder de Dios en favor de sus vidas, de cómo pasaron de miserables esclavos bajo el yugo de un pueblo opresor y maltratador, a ser hechos libres por la gracia de Dios de una forma poderosa y espectacular. Un regalo impagable. No tuvieron que ir a una guerra imposible y desigual ante la mayor potencia del mundo en aquella época. Sencillamente, Dios les entregó la victoria.

Por otro lado está el legado. Dios quiere que le hablemos a nuestros hijos de Él para que estos le conozcan y sepan las cosas que Dios ha hecho en favor de su pueblo, para que sean conscientes de su amor y poder, y le respeten por ello.

Por último está el vínculo. Dios sabe que en la sencillez de los niños el puede obrar de una forma total, tal y como Jesús declaró a sus discípulos cuando dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:4). La mejor etapa para iniciar el vínculo con Dios fruto de la enseñanza en el conocimiento de su persona, como dice Proverbios 22:6 “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”.

El memorial del nuevo pacto en Cristo

Hoy en día nosotros tenemos otro memorial diferente al que tenía el pueblo de Israel, pero igual de imperativo y lleno de significado. Un memorial sencillo, hecho con materiales humildes como el pan y el vino. Materiales accesibles a todo el mundo, pero que encierra el significado más grande de la historia:

“Que estando nosotros muertos en pecados y en la incircuncisión de nuestra carne, nos dio vida juntamente con él, perdonándonos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13-15).

“Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. (Isaías 53:5-6)

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:1-2).

Y nos ha dado la  “libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, su carne” (Hebreos 10:20) “reconciliándonos con Dios” (2ª Corintios 5:19).

Y eso es lo que implica participar del pan y el vino, recordar que su cuerpo fue dado por nosotros (Lucas 22:19) y que sobre la sangre que derramó se levanta un nuevo pacto entre Dios y sus hijos que nos limpia de pecado y nos libra del juicio de Dios (Lucas 22:20).

Por eso lo recordamos en memoria de él. Y no sólo para recordar lo que hizo y su sacrificio, sino para ilusionarnos con su promesa por la que dijo que habría de regresar una segunda vez para llevarnos consigo y hacer que donde Él está, a la diestra del Padre, nosotros también estemos (Juan 14:3).

Por eso “todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1ª Corintios 11:26).

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