Las siete maravillas del Mundo Antiguo
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En el s. IV a.C., Calímaco de Cirene se propuso hacer catálogos de cosas admirables. Su obra fue la génesis de lo que siglos más tarde, desembocaría en el famoso listado de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Una maravilla es un suceso o cosa extraordinaria que causa admiración. Y no es de extrañar que entre el selecto grupo de nominadas estuviesen obras como la Gran Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, la Estatua de Zeus en Olimpia, el Templo de Artemisa en Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría.

Sin lugar a dudas, todas fueron obras extraordinarias que levantaban la admiración de los que tuvieron la oportunidad de contemplarlas. Su majestuosidad destacaba por encima de otras construcciones coetáneas por razones míticas, tecnológicas o por sus dimensiones.

El Templo de Jerusalén

El primer Templo levantado por Salomón

La Biblia nos destaca una maravilla que fue motivo de orgullo para el pueblo de Israel: El templo a Jehová construido por Salomón.

Fruto de la enorme prosperidad y seguridad que dios Dios dio a Israel, que pasó de deambular como nómadas por el desierto a conquistar un espacio propio, surgió en el rey David el deseo de honrar a Dios haciendo un templo en su honor (2ª Samuel 7:1-2).

Sin embargo, debido al carácter guerrero de David y de haber sido una persona que derramó mucha sangre en las batallas que libró Israel, Dios determinó que no fuese él quien construyese el templo (1ª Crónicas 28:3). En Salomón, su hijo, recaería la responsabilidad y el honor de llevarse a cabo esta obra.

La magnificencia del templo, así como su diseño y calidades emanan de la inspiración de Dios mismo, quien reveló al rey David los planos del templo y de los utensilios del mismo (1ª Crónicas 28:11-13 y 19).

Un templo hecho de materiales valiosos: oro puro, plata refinada, bronce, hierro, madera, piedras de ónice, piedras preciosas, piedras negras, mármol (1ª Reyes cap. 5 y 6, 1ª Crónicas cap. 28 y 29). Una auténtica maravilla.

Sin embargo, la gloria de esta maravilla fue efímera y el templo fue destruido en el s. VI a.C. por Nabucodonosor. El motivo por el cual Dios permitió que Judá fuese arrasada y llevada en cautiverio a Babilonia fue su continua idolatría.

El segundo Templo construido por Zorobabel

En el año primero del rey Ciro de Persia, Dios inspiró a este rey para que edificase un nuevo templo a su nombre en Jerusalén. De este modo, el rey Ciro pidió voluntarios para la edificación y para las ofrendas para la construcción del templo (Esdras 1:1-4). Zorobabel fue la persona levantada por Dios para dirigir esta labor (Zacarías 4:9-10).

Para muchos judíos, que tenían el recuerdo de la maravilla que fue el primer templo, fue imposible contener las lágrimas al ver cómo se pusieron los cimentos del nuevo templo (Esdras 3:11). Puede que por la emoción que suponía volver a tener un templo dedicado a Jehová, pero también puede ser por la tristeza que suponía que el nuevo templo no alcanzase ni de lejos la gloria del templo levantado por Salomón (Hageo 2:3).

¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?

Aquí vemos un segundo templo cuya magnificencia y esplendor no era comparable al primer templo de Jerusalén. Sin duda, era un edificio destacable en la ciudad, pero no una maravilla que levantase expectación.

La reforma de Herodes el Grande

Cuenta Flavio Josefo en la obra «Antigüedades de los Judíos» que en el decimoctavo año de su reinado, Herodes, emprendió una ardua empresa: la edificación del Templo de Dios.

Herodes pensaba que había alcanzado para los judíos un estado de tal prosperidad como no lo habían tenido nunca antes que era hora de dedicar recursos a propósitos más piadosos y hermosos.

Tal y como se puede leer en el capítulo XI del libro XV de esta obra, Herodes dio un discurso para convencer al pueblo que no estaba muy ilusionado con la idea. Quería darle mayor amplitud y elevarlo a gran altura y así corregir las deficiencias del segundo templo que debido a las servidumbres del pueblo a reinos extranjeros, no pudieron darle. Se había propuesto devolverle el esplendor que tuvo el Templo levantado por Salomón. Pensaba que «sería la más importante de las obras que había hecho hasta entonces, y que, si pudiera llegar a concluirla se ganaría una gloria eterna«.

El tempo fue construido de piedra blanca muy dura con una altura de veinticinco codos de largo y 12 de alto. Se podía divisar desde una distancia de muchos estadios para los habitantes del campo. Las puertas de entrada eran tan altas como el mismo Templo y estaban adornadas con diversos colores que formaban flores purpúreas y columnas. Además, por encima de las puertas en el espacio que llegaba hasta el coronamiento del muro, corría una vid de oro con racimos pendientes, maravilla de grandeza y arte.

Y concluye Flavio Josefo con una frase contundente que reflejaba su sentir ante la maravilla que estaba viendo: «El que no lo haya visto no se puede formar una idea, y los que lo veían se sentían conmovidos de admiración».

Maravillas terrenales y Maravillas celestiales

Llegamos al momento en que Jesús y sus discípulos se encuentran en el Templo en Jerusalén, que ya estaba adornado de «hermosas piedras y ofrendas votivas» (Lucas 21:5) y vemos como uno de sus discípulos le señalaba a Jesús completamente emocionado: «¡Maestro, mira qué piedras, y qué edificios!» (Marcos 13:1)

La respuesta de Jesús no pudo ser más fría e indiferente: «¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada» (Marcos 13:2).

Y es que el prisma que tenemos en la tierra sobre lo que es una maravilla dista mucho de lo que para Dios es una maravilla. Mientras en la tierra nos admiramos de las obras majestuosas de ingeniería y arquitectura, porque destacan de una manera extraordinaria respecto de las construcciones pragmáticas que pueblan las ciudades, y vemos como las cuidan y las preservan y no dejan que las ensucien con pintadas ni graffitis; en el cielo se maravillan porque los hombres se arrepientan de sus pecados.

Hay tres parábolas que Jesús emplea para hablar de la maravilla que produce la salvación de un alma: La oveja perdida, La moneda perdida y El hijo pródigo.

En ellas se destaca textualmente la alegría y el gozo que se produce en el cielo y entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lucas 15:7 y 10).

¿Por qué es tan extraordinario que un hombre se arrepienta? 

Porque somos pecadores cuya tendencia natural nos lleva a servirnos a nosotros mismos. Tendemos a adorarnos a nosotros mismos por encima de Dios, a justificarnos en nuestras razones para no obedecer la voz de Dios.

No nos importa hacer aquello que está mal si nos satisface o nos gusta. Preferimos elegir lo conveniente a lo justo. Preferimos aferrarnos al orgullo a tener que reconocer nuestras faltas, nuestras debilidades, nuestras miserias y necesidades. En definitiva, nuestra imperfección.

Y tal vez en el cielo sea un motivo de alegría y algo maravilloso porque otro rasgo humano habitual sea lo ingrato y olvidadizos que somos al bien que recibimos. Esa misma ingratitud que hizo parecer normal a nueve leprosos que vivían como apestados no regresar a dar las gracias a aquel que les sano y liberó de una vida de soledad, miseria y marginación.

Las maravillas celestiales

La maravilla celestial es que una persona se arrepienta para pasar de muerte a vida, como le pasó al hijo pródigo cuando regresó a la casa del padre y le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse» (Lucas 12:21-24).

A lo largo de la historia hemos visto como creyentes de todo signo han levantado grandes templos, obras majestuosas que se elevaban al cielo. Edificios, sin duda alguna, completamente maravillosos.

Sin embargo, hemos caído seducidos por la visión terrenal de maravillas efímeras y hemos descuidado las maravillosas piedras vivas, almas arrepentidas, con las que Dios quiere levantar el edificio espiritual a su nombre (1ª Pedro 2:5).

Es nuestra responsabilidad no descuidar, deteriorar o ensuciar esa obra. Velar por nuestra santificación y no ser estorbo a otros hermanos que siguen en la lucha agarrados a Cristo.

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