Una joven ayuda a cruzar la calle a una anciana e inspira a otra persona a imitar su ejemplo
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Muchas veces pensamos que de poco o nada sirven unas buenas palabras o tener un buen testimonio porque a nadie parece importarle. Porque no vemos un impacto en nuestro entorno. Sin embargo, tanto la ciencia como la fe dicen lo contrario. La influencia que tenemos en los demás es bastante más profunda de lo que podamos pensar.

Y es que las personas somos permeables a los consejos, las criticas y a los ejemplos de los demás. Hay un sentimiento inherente a la condición humana de querer encajar y formar parte del grupo de los aceptados. En el fondo queremos nuestra cuota de reconocimiento/aprobación, aunque sea minúscula, porque a nadie le gusta ser señalado, ignorado, rechazado o marginalizado.

Solomon Asch, con su célebre experimento de conformidad social, demostró cómo afecta la presión de grupo a la gente. El comportamiento de las personas puede modificarse radicalmente hasta el punto de renunciar a elementos tan fuertes como la razón y la verdad objetiva, sólo por el sentimiento de encajar y ser aceptado en un grupo de personas que conforman el entorno en el que te mueves.

Sin embargo, no hay que llegar a un escenario de presión de grupo para que el comportamiento social que tenemos pueda influir tanto para bien como para mal, en nuestro entorno. Algo parecido debieron pensar Bargh, J.A., Chen, M. y Burrows, L. cuando en el año 1996 se preguntaron si el comportamiento social que tenemos está bajo nuestro control consciente o no.

Es decir, si actuamos en todo momento en la forma en que lo hacemos porque verdaderamente queremos actuar así, o si por el contrario hay una serie de condicionantes o influencias ambientales que nos predisponen a actuar de una determinada manera.

El experimento: Automatización del comportamiento social

Para responder a esta disyuntiva, los investigadores diseñaron un experimento social compuesto en dos partes.

En la primera parte se pidió a los participantes que ordenaran con lógica y significado una serie de conjuntos de palabras. Y que lo hiciesen en el menor tiempo posible.

Los investigadores prepararon tres versiones distintas de esta prueba. Una contenía palabras que al ordenarlas resultarían en un significado atribuible a lo que entendemos como cortés y educado. Otra versión era todo lo contrario, potenciando impactos relacionados con la impaciencia y la grosería. La ultima versión era un ejercicio neutro que no pretendía condicionar al sujeto de estudio en ninguna de las tendencias anteriores.

La segunda parte del ejercicio consistía en que una vez acabada la primera parte, tenían que ir a la sala contigua para que el investigador les diese las instrucciones para realizar la segunda parte de la prueba. En esta parte estaba el verdadero experimento.

El investigador estaba manteniendo una conversación ficticia con un cómplice mientras tenía la puerta entreabierta. Afuera esperaba el objeto de estudio quien solo podía ver al investigador. El experimento se centraba en estudiar el número de interrupciones y la rapidez de las mismas por parte de la persona estudiada.

Los resultados demostraron que aquellas personas que habían recibido inputs groseros habían interrumpido la conversación entre el investigador y su cómplice, significativamente más rápido y en un mayor número de veces que los que hicieron la primera parte con unos impactos neutros o corteses.

Es decir, el entorno condicionó y predispuso a los sujetos de estudio en su forma de actuar. De una forma completamente sutil.

El ejemplo como fuente de inspiración

En la Biblia podemos encontrar diversos pasajes que inciden en esta línea. Influir por el ejemplo. Contagiar a otros del gozo de la salvación. Impactar sus vidas mediante el testimonio de Cristo en nosotros. Ese impacto sutil. Silente. Un testimonio fiel observable más que audible.

Hay que recordar que Jesús nos renombró a los creyentes como la luz del mundo, aquella que tiene el propósito de servir para alumbrar a los perdidos. A quienes están en la oscuridad de sus pecados y bajo el yugo de su condenación. Por eso nos conminó a que: «alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16).

Y las obras son importantes porque son el testimonio que permiten conocer a las personas. Es decir, por sus frutos. (Mateo 7:16-17).

¿Y por qué es esto así? Pues porque por medio del testimonio de las buenas obras, los perdidos pueden juzgar nuestra conducta, declararla buena y dejar brotar el sentimiento de querer emularla.

En un plano pragmático, el bien evoca al bien, y todos ganamos. Tanto como individuos, como a nivel social. En un plano espiritual, es un factor diferencial para que la gente pueda acercarse a Dios para salvación y pase de muerte a vida.

Pero esto no es sólo algo para con los de afuera, sino que también encontramos un llamado y una herramienta de gran utilidad para con los de adentro.

El apóstol Pablo, incidía en la necesidad de contagiar el gozo del evangelio mediante el amor y las buenas obras. Tal y como dice en Hebreos 10:24 cuando exhorta a “estimularnos al amor y las buenas obras”. Los unos a los otros para crear un clima que se retroalimenta mutuamente y se expande de forma orgánica. No se trata de hacer algo impostado, se trata de dejar trabajar al Espíritu Santo para que desarrollemos el espíritu de forma que obre de forma espiritual.

Es una petición dirigida a influir ambientalmente de forma positiva en el entorno de la iglesia. ¿Y qué puede pasar si se crea un clima que incide y reincide en estimular buenas obras? Pues en que esas obras se contagian entre los que están bajo ese marco.

El mismo apóstol Pablo en su epístola a los Tesalonicenses recordó como la predicación acompañada de las obras y del amor, redundó en que los tesalonicenses vinieran a ser «imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo» (1ª Tesalonicenses 1:5-6).

Hasta el punto de que se habían convertido tan buenos en cuanto al amor fraternal que no hacía falta que les diese ninguna instrucción (1ª Tesalonicenses 4:9).

El apóstol Pablo también animó a ejercitar la paciencia, a sostener a los débiles y a alentar a los de poco ánimo (1ª Tesalonicenses 5:14). Porque sabía que si se consigue establecer estas prácticas como «lo normal» o «lo esperado», se podrá crear una atmosfera de bendición y protección de la que todos participen.

Así que no nos cansemos de hacer el bien porque a su tiempo segaremos si no desmayamos (Gálatas 6:9).

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