Escribía el apóstol Pablo a Timoteo unas palabras que estaban destinadas a poner límites a un deseo bienintencionado de algunos creyentes: “Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea…” equis cosas (1ª Timoteo 3:1-2).
En el texto original se encuentra la palabra griega, dei, la cual está presente en más de un centenar de versículos del Nuevo Testamento y en esta cita se traduce como “es necesario”. En otras ocasiones se puede encontrar como una conjugación del verbo “deber”.
Con independencia de cómo lo encuentres, en ambos casos el peso de la obligación que implica, no decae. Sea para el ejercicio de una labor o como medio para un fin, cuando algo es necesario quiere decir que tiene que ser así y que no puede ser de otra manera. Es un deber ineludible.
El propio Señor Jesús cuando anunció su muerte a los discípulos les dijo que era necesario que: “el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lucas 9:22). La redención de la humanidad y el cumplimiento de la justicia de Dios no podía hacerse de otra forma. Y es que sólo en Cristo se cumple la ofrenda perfecta y el sacerdote perfecto (Hebreos 9:11-14).
Por poner un ejemplo más cotidiano de lo que implica que algo sea necesario. Se me vienen a la cabeza los trámites que se hacen con las administraciones públicas. Si tú quieres obtener un certificado y las bases del procedimiento exigen que debes presentar el DNI, dará igual que cumplas los demás requisitos exigidos, si al momento de la gestión no llevas tu identificación, te quedarás sin certificado. Porque lo que es necesario, es imprescindible y no puede ser de otra manera.
Hay listas cerradas de requisitos que exigen el cumplimiento de todos y cada uno de sus términos, y hay otros casos más laxos que exigen el cumplimiento de algunos requisitos sin necesidad de que se tengan que cumplir todos. Como cuando te piden indistintamente el DNI o el permiso de conducir. Con independencia de cómo sea el listado de exigencias, si se fija un requisito, implicará su cumplimiento sí o sí.
Por eso, para evitar cometer errores de los que tengamos que arrepentirnos con posterioridad, resulta necesario, no sólo, saber separar requisitos de recomendaciones o sugerencias sino también tener la honestidad y la voluntad de aceptar nuestras limitaciones cuando no los cumplimos.
¿Ancianos, obispos o pastores?
Para muchos se tratan de figuras distintas. Sin embargo, cuando leemos el Nuevo Testamento podemos ver que se refiere a un determinado tipo de persona, como su nombre indica, ancianos; los cuales deberán desarrollar dos tipos de funciones distintas que se entremezclan: vigilancia y cuidado. Tanto de la doctrina como de la congregación.
El ejemplo más evidente de esta afirmación que acabo de hacer es el que tenemos en el libro de los Hechos de los apóstoles cuando Pablo llega a Mileto.
El pasaje comienza con el apóstol Pablo dirigiéndose “a los ancianos de la iglesia” a quienes hace llamar (Hechos 20:17). Toda la exposición que va a desarrollar en los versículos posteriores se dirige única y exclusivamente a ellos.
El apóstol Pablo comienza recordándoles cómo fue su comportamiento y compromiso en el Señor para con ellos, y concluye recordándoles la responsabilidad que, como ancianos, tienen para con la iglesia de Dios. En su discurso les advierte de la siguiente manera:
“Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos”.
¿A quiénes ha puesto por obispos? A los ancianos. ¿Para qué? Para mirar “por vosotros, y por todo el rebaño”, es decir, vigilar que se enseñe la palabra fielmente y “para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28).
Es conclusión, el anciano, el obispo y el pastor son tres formas de referirse a una única figura/rol.
¿Puede ser anciano cualquiera?
Los que desean obispado pero no tienen hijos
Cuando el apóstol Pablo señala como requisito que sean «marido de una sola mujer» (1ª Timoteo 3:2) y que “tenga a sus hijos en sujeción” (1ª Timoteo 3:4). Para empezar, está poniendo el requisito de que estén casados y que sean padres. Esto ya excluye a los solteros y a los casados que no tengan hijos.
Lo siento, no son mis normas, son las que el Espíritu Santo dio al apóstol. Y me voy a permitir la licencia de citar a Pablo para este contexto, en los mismos términos que él se pronunció en relación con la santificación: “Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo” (1ª Tesalonicenses 4:8).
Entonces, ¿Qué pasa con los que no pueden tener hijos? Pues muy sencillo. Si Dios quisiera capacitarte para esta labor, te haría cumplir con los requisitos que le dijo a Pablo que eran necesarios para esa labor.
Estoy convencido de que eres un instrumento valioso para Dios, sólo que tienes que encontrar cuál es tu rol en el cuerpo de Cristo y en la iglesia local y deberás aceptarlo con el mejor de los ánimos.
Los que desean obispado y tienen hijos
La paternidad es un entrenamiento en la paciencia, en la tolerancia al error y el perdón. Tener hijos ayuda a desarrollar una corrección amorosa y empática.
Porque los hijos irrumpen con una energía que, a menudo, es una fuente de caos y desorden. Son expertos en desequilibrar y tensionar la paz del hogar y las rutinas alcanzadas por el matrimonio.
Así que los padres tienen que ejercitar su carácter para saber lidiar con estos desafíos de una forma constructiva que sirva para edificar a sus hijos en el Señor como las personas adultas que serán en el futuro. Tienen que saber ponderar que cuestiones son importantes de verdad y cuáles son las que requieren hacer la vista gorda porque son fruto de la inmadurez y no tienen recorrido.
Esta paciencia ante el error no implica una complicidad e indiferencia ante el pecado. Simplemente que, a la hora de enseñar y pastorear a otros creyentes, el que no tiene hijos corre el riesgo de volverse más legalista, intransigente y soberbio. Dios no quiere tiranos, quiere a siervos humildes.
Ahora bien, ¿tener hijos ya es suficiente? Pues por sí sólo, tampoco. “Niños pequeños, problemas pequeños. Niños grandes, problemas grandes”. Pablo escribió que deben tener “hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía” (Tito 1:6). Es decir, no basta con tener bebés o niños pequeños que puedas llevar de allá para acá.
El texto apunta más hacia a adolescentes —de ahí para arriba— ya que son justamente estos los que teniendo ya un carácter desarrollado y la capacidad de hacer valer su propia voluntad, pueden avalar o inhabilitar a su padre para el rol de anciano, en base a si perseveran en Cristo o se rebelan contra el Señor.
Ser anciano no es sólo un título. Es más bien una descripción de quienes ocupaban ese rol de vigías y cuidadores. Aunque la Biblia no establece una edad mínima para ser anciano, aspectos como el comentado en este apartado nos ayudan a entender que se refiere a personas entradas en años. Y esto nos ayuda a descartar para este rol tanto a jóvenes como a viejóvenes.
Si a los hijos se les presupone una cierta edad para mostrar lo que hay en su corazón, los padres, por fuerza, tienen que ser personas que también tengan una determinada edad, que tiende a ser la equivalente a la de un anciano en años. Sea cual sea esta, en función del contexto histórico y social en el que para una época una persona reúna esas características indeterminadas de edad, madurez y experiencia vital.
Funciones de obispos y pastores
La edad solamente no basta. No es suficiente ser una persona madura y experimentada en la escuela de la vida. Se requiere que el anciano tenga un recorrido en los caminos espirituales del Señor. Es decir, que “no sea un neófito” (1ª Timoteo 3:6) y que tenga “buen testimonio de los de afuera” (1ª Timoteo 3:7).
Las funciones de obispo tienden a agruparse más con roles de vigilancia y guarda de las personas “que el Espíritu Santo” ha puesto a su cargo (Hechos 20:28). Tiene más que ver con la defensa fiel de la fe y la doctrina. Como vemos en la carta a Tito, se centra más en el cumplimiento del encargo de retener y hacer que se retenga la palabra de forma fiel. Tal y como ha sido enseñada desde el principio. Son las labores de enseñar y convencer argumentalmente a los que la contradicen (Tito 1:9). Tiene que ser “apto para enseñar” (1ª Timoteo 3:2).
Por su parte, las funciones de pastor están más orientadas al cuidado y la atención personal de los creyentes. Pablo le dijo a los ancianos, que debían apacentar a las ovejas (Hechos 20:18). Es decir, preocuparse de sus necesidades, visitar al enfermo, buscar al que se ha alejado o al que duda. Debe tener una preocupación genuina por el estado de sus hermanos en Cristo, asegurarse que no les falte nada en lo espiritual y emocional, y que sus necesidades materiales sean conocidas, intercediendo y orando.
Cómo evitar que anhelos bienintencionados acaben siendo una fábrica de problemas
En primer lugar, identificar la lista de atributos que Pablo escribió a Timoteo y a Tito como requisitos a reunir para tal fin (1ª Timoteo 3:-7, Tito 1:6-9). En segundo lugar, ser los suficientemente honesto con el Señor y con uno mismo para ver si los reúne o no. Sin forzar. Tiene que ser algo orgánico espiritualmente hablando.
Partiendo de que para mí el párrafo anterior es de cumplimiento obligatorio. Con todo, me gustaría añadir algunos consejos que puedan servir a modo de recomendaciones para las iglesias que buscan candidatos a ocupar ese rol.
Sugerencias
1.- Que no sea un extraño. Lo más recomendable es que esa figura la acabe ocupando alguien que esté vinculado a la propia congregación. Que conozca a los hermanos y que haya convivido con ellos a lo largo de los años. Es decir, que haya un vínculo fraternal verdadero.
2.- Que haya demostrado tener un amor sincero por las almas. Si alguien para venir a suplir las necesidades espirituales de una iglesia plantea un escenario más propio de una negociación laboral con una empresa que del servicio en el Señor a una iglesia… Está dando a entender que la situación espiritual de los hermanos le importa menos que su situación personal.
3.- Que sea honesto en cuanto a sus intenciones. Si el aspirante tiene una trasfondo doctrinal que presenta discrepancias en las formas o en el fondo con la iglesia, es necesario que lo manifieste abiertamente antes de consolidar ese nombramiento. De ese modo, si la iglesia lo acepta, todos estarán en sintonía. Y si la iglesia no lo acepta, ambos evitarán generar problemas de comunión que puedan desembocar en una división. El propio apóstol Pablo dijo que: “me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno” (Romanos 15:20). Si tiene su propia visión, que abra una obra donde el Señor le ponga.
4.- Que sea humilde. Si una congregación ofrece al aspirante una estancia en la que residir, siempre que esta sea digna, es una muestra de soberbia e ingratitud el despreciarla. Los misioneros que vinieron a Galicia a finales del s. XIX, abandonaron las comodidades de una sociedad avanzada, para traer el evangelio a unos pueblos rurales que carecían de todo lo básico. Fueron un ejemplo de servicio y humildad, agradeciendo en todo momento cualquier techo que les brindase cobijo. Y lo hacían por amor a Cristo. No hay vivienda hoy en día que sea peor en comodidades y calidades que las que aquellos abrazaron con gozo por el Señor.
5.- Que no sea un tirano. El apóstol Pablo dijo que: “el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1ª Timoteo 3:5). Tu casa es tuya, pero la iglesia es de Cristo. Por eso, la iglesia no se gobierna. Se cuida. Y el cuidado viene desde el servicio, no desde el ordeno y mando, y recordando que uno es X cargo para intimidar a los hermanos y someterlos a caprichos propios. Sea la creación/eliminación grupos de WhatsApp de la iglesia o pedirle a los hermanos que no hablen con otros porque él es la nueva y única referencia… Esos comportamientos son propios de sectas y sectarios.
6.- Que tenga visión por evangelizar a los perdidos. En la sociedad en la que vivimos ningún perdido viene a la iglesia porque sí. Hay que salir a las plazas o invitarles a que vengan a eventos especiales que organice la congregación. A muchos les espanta entrar en una iglesia, pero son más abiertos cuando se organiza una comida o merienda. Estos actos son unas excusas, para que puedan escuchar la predicación de la palabra y conocer a los hermanos.
7.- Que sepa cuál es su lugar.
Conclusión
Para concluir este artículo, me gustaría acabar con la advertencia que el apóstol Pablo hizo a los ancianos en Mileto. Después de haberles rogado encarecidamente de que asumieran su rol con total diligencia y responsabilidad:
«Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos» (Hechos 20:29-30).
Ojalá que ninguno de nosotros, por culpa de un anhelo bienintencionado pero no correspondido, resulte que se acabe convirtiendo en uno de estos lobos rapaces cuyo anhelo es arrastrar tras de sí a creyentes en lugar de llevarlos a Cristo.
Puedes ver más artículos de este autor haciendo clic aquí.
![]()

