Hombre desechando la cruz para enredarse en cuerdas y cadenas
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Una de las cosas que no dejan de sorprenderme es ver cómo algunos creyentes que han militado en la fe durante años, de buenas a primeras —aunque casi siempre es el resultado de un proceso más profundo—, se convierten en fervientes seguidores de la ley de Moisés con el propósito de cumplirla para justificarse delante de Dios o para alcanzar un grado elevado de “espiritualidad”.

Porque si puede parecer comprensible que, tras la muerte y resurrección de Jesús hasta que el Espíritu Santo abrió la iglesia a los gentiles, hubiese un periodo de transición y confusión en cuanto a la coexistencia de la ley de Moisés y el pacto en Cristo, me resulta incomprensible que veinte siglos después haya cristianos que se vuelvan a la ley.

Dios establece donde reside la autoridad

Hay dos momentos clave durante la vida de Jesús, en la que el Padre designa públicamente a Jesús como el elegido para la salvación del mundo: cuando se bautizó Jesús (Mateo 3:13-17) y cuando se transfiguró (Mateo 17:1-13).

La formula es muy similar en ambos sucesos: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

Sin embargo, durante la transfiguración, el mensaje del Padre va más allá y vemos cómo añade: “a Él oid” (Mateo:17-5).

Podría parecer que está parte nueva es una mera instrucción a los discípulos para que presten atención a algo concreto que Jesús les tuviera que decir. Pero no.

En la transfiguración, al lado de Jesús aparecieron Moisés y Elías. Y no fue por casualidad.

En este suceso se encontraban reunidos la persona que recibió la ley de labios de Dios, el máximo exponente de los profetas y Jesús, el Mesías.

El texto dice que Pedro hizo una propuesta de hacer tres enramadas. Una para cada uno. Sin darse cuenta estaba poniendo en el mismo plano a los tres, rebajando a Jesús a la categoría Moisés y de Elías.

Por eso el texto dice que los envolvió una nube y el Padre exaltó a Jesús añadiendo ese “a Él oid” como antesala del desvanecimiento de la nube junto con Moisés y Elías. La enseñanza es clara. Jesús es la fuente, el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Es la ofrenda y el autor del pacto en su sangre destinado desde antes de la fundación del mundo para salvar a la humanidad. Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… Por eso, a él, y sólo a él, oid.

Y aunque la ley sea buena (Romanos 7:12) y los profetas jugasen un papel importantísimo como emisarios de la Palabra de Dios, solo en Cristo está la autoridad designada por el Padre (Mateo 11:13).O como dice Lucas 16:16-17:

“La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él. Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley”.

El Pentecostés de los gentiles

Cuando llega el tiempo de la iglesia y el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos, estos empiezan a predicar a Cristo de forma gradual a judíos, samaritanos y gentiles.Se da una cosa muy curiosa que tiene que ver con la predicación a los gentiles.

El apóstol Pedro en casa de Cornelio empieza a predicar a Cristo y nada más decir que Jesús:

“nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De este dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:42-43)… Desciende el Espíritu Santo sobre ellos.

Y esto deja a Pedro y a los creyentes que le acompañaban, totalmente desubicados… (Hechos 10:45) ¡Han recibido el Espíritu Santo sin guardar la ley!

Esto les chocaba porque cuando en Pentecostés, Pedro predicó a los judíos, ellos ya guardaban la ley y pensaban que el Espíritu Santo era el “premio” final de la obediencia a la ley de Moisés.

Les parecía una secuencia natural: Te circuncidas (si eres varón), guardas la ley, sigues a Cristo y recibes el Espíritu Santo.

Pero en casa de Cornelio está presunción se desmonta. La evidencia de la manifestación del Espíritu Santo hace que Pedro concluya:

“¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” (Hechos 10:47).La respuesta es no. Y así lo hicieron.

Un problema no resuelto

Sin embargo, la manifestación del Espíritu Santo en casa de Cornelio fue algo de difícil digestión entre los judíos convertidos que se aferraban a la circuncisión y la ley.

Aunque inicialmente estaban gozosos y contentos por la conversión de los gentiles no estaban plenamente convencidos.

La forma en que había descendido el don del Espíritu no se sujetaba a las expectativas que tenían de cómo debía de producirse. Y eso provocó un conflicto espiritual y doctrinal en algunos de ellos.

Así que este problema latente tiene su punto álgido en el Concilio de Jerusalén cuando aquellos creyentes con un pasado procedente de las escuelas de los fariseos insistían en que los gentiles se circuncidasen y guardasen la ley de Moisés (Hechos 15:5).

La respuesta de Pedro es clara: “¿Por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:10-11).

Está intervención de Pedro silenció a los que pretendían añadir las obras de la Ley de Moisés al sacrificio suficiente se Cristo. Su intervención ponía de manifiesto varias cosas.

En primer lugar, señalaba una evidencia: los gentiles recibieron el Espíritu Santo por medio de la fe sin las obras de la ley.

En segundo lugar, llamó la atención acerca de mantener una posición rebelde y obstinada al margen de la evidencia producida en casa de Cornelio podría situarlos como provocadores a Dios mismo. Podían estar tentando a Dios.

En tercer lugar, Pedro apuntó al yugo que supone imponer una ley que es imposible de cumplir para el ser humano y ellos eran la prueba de que no eran capaces de llevar ese yugo.

Por último, la conclusión apunta a Cristo. Pedro apela a la gracia en Cristo como el descanso de nuestras obras y la confianza en la suficiencia de la obra redentora de Jesús.

El único deber por tanto en Cristo es que los creyentes vivamos una vida de santificación, con una conciencia limpia delante de Él (Hechos 15:28-29).

Volviendo a un yugo que nos separa de Cristo

Durante el primer tiempo de la iglesia los intentos de añadir las obras de la ley a la obra de Cristo fue una constante.

El apóstol Pablo en la epístola de Gálatas termina con el debate con unas palabras contundentes:

– “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente” (Gálatas 1:6).

– “Los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud” (Gálatas 2:4).

– “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:2-3).

– “Más ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿Cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? (Gálatas 4:9).

– “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:1-4).

– “Mas el que os perturba llevará la sentencia, quienquiera que sea (Gálatas 5:10).

Durante siglos el cristianismo se expandió y llegó a todos los rincones del mundo predicando la gracia suficiente de Cristo. Por eso resulta incomprensible que tantos siglos después de que está cuestión hubiese quedado aclarada y resulta haya personas que no sé conformen con Cristo ni con sus palabras y quieran hacer una justicia propia.

O nunca entendieron nada o de Cristo se han desligado.

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