• Tiempo de lectura:3Minutos

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Este versículo bíblico, que se encuentra en el libro de Eclesiastés 3:1, es uno de los más conocidos y popularmente citados.

Su mensaje es reconfortante porque de alguna forma está lleno de positivismo y nos anima a no desesperarnos, ya que tarde o temprano todo aquello que uno desea llega. Pero, ¿somos conscientes de cómo continúa el texto?

Pues sigue enumerando una serie de situaciones por las que todos vamos a tener que pasar, o a las que todos nos tendremos que enfrentar tarde o temprano. El reloj de nuestra vida va añadiendo horas, días y años a ese imparable contador que nos recuerda, incuestionablemente, que un día más es en realidad un día menos, en función del ángulo desde el que lo observemos. Y algunas de esas situaciones, llamadas “tiempos” en este pasaje, no son precisamente gratificantes. ¿A qué tiempos se refiere el texto?

Los contrastes de los tiempos de la vida

Pues nos dice que hay “tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz” (Eclesiastés 3:2-8).

En realidad todos estos tiempos mencionados quedan enmarcados dentro del espacio temporal definido por los dos primeros: tiempo de nacer, y tiempo de morir.

Y esta es otra realidad incuestionable: a todo ser nacido le llega el tiempo de morir.

¿Vale la pena vivir sabiendo que voy a morir? ¿Con qué propósito? ¿Cuál es la finalidad? Y una vez se pare el reloj, ¿entonces qué?

Tal vez piensas que hoy no es el momento de plantearse todas estas preguntas, y prefieras aplazarlas, quizás para cuando enfrentes la cruda realidad de la muerte y puedas olerla de cerca.

Déjame decirte que posees un mecanismo en tu corazón que te da la capacidad de enfrentar estas preguntas y encontrar una respuesta. Ese mecanismo se llama eternidad.

La trascendencia de la muerte física

El autor de Eclesiastés nos revela que Dios ha puesto eternidad en el corazón de los hombres, en nuestros corazones, para entender que la muerte es el final de la vida tal y como la conocemos, pero que Dios, que es eterno, nos ofrece vida más allá de la muerte. ¿Cómo es posible? La muerte siempre vence a la vida y termina con ella, siempre sale victoriosa. Pues sí, es posible.

La Biblia muestra que hubo alguien que se enfrentó a la muerte y la venció resucitando al tercer día. Ese fue Dios mismo, el Hijo, encarnado en la persona de Jesús. Él dio su vida a cambio de limpiar de nuestra cuenta pendiente todas aquellas partidas que engrosan el debe: los tiempos en los que hemos arrancado, destruido, roto o aborrecido. ¿Para qué? Para que la muerte ya no sea el fin de una vida efímera, sino el principio de una vida eterna.

Jesús mismo nos enseña que tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Jesús es la respuesta a todas esas preguntas.

Espero que la falta de tiempo, o de valor, no te impida darte cuenta de que hoy todavía estás a tiempo de tomar decisiones presentes con implicaciones eternas.

Loading

Related Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *