Juan Calvino y su teoría de la predestinación
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Los calvinistas muy seguros en su papel de defensores de la teología de la predestinación de Calvino, suelen suponer que si “se estudia bien”, todos los cristianos la acabaríamos aceptando. Pero por más vueltas que le den, “la predestinación” en el sentido de que Dios ha predeterminado la salvación de ciertos seres humanos independientemente de un ejercicio de la voluntad de estos, y que son los que conforman el grupo de los escogidos en virtud de una gracia irresistible que hace innecesaria una decisión personal por parte del individuo, es imposible de conciliar con claras definiciones contenidas en las Escrituras. Y si esto ya es así, la “doble predestinación” de Calvino, que establece que Dios determinó de antemano a título individual aquellos que serán salvos, pero también aquellos que se perderán irremisiblemente, es todavía mucho más difícil de sostener. ¿Cómo se puede conciliar esto con estas dos declaraciones tan rotundas de las Sagradas Escrituras como son las de?:

     1ªTimoteo 2:3-4 “…Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”.

     2ª Pedro 3:9 “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

     Con éstas declaraciones categóricas de la voluntad de Dios tan claramente expresadas e inspiradas por el Espíritu Santo, ¿se puede sostener que los que se condenan, lo hacen en virtud de una designación individual que les ha destinado anticipadamente para ser condenados eternamente, sin que exista remedio alguno al que apelar para evitarlo?

     Los calvinistas no suelen referirse a la predestinación cuando predican el evangelio, y es un tema que, a pesar de ser esencial en su teología, lo dejan apartado para ser tratado en clases de estudio bíblico internas, para su literatura teológica o para ser enseñado en sus seminarios. Y es que si se refiriesen a ello en sus predicaciones, el llamamiento para arrepentirse de los pecados y aceptar a Cristo como Salvador, que es el objeto de la gran comisión (Marcos 16:15-16), tendría que quedar excluido. No tiene razón de ser. Los que van a ser salvos, lo serán irremediablemente, y los condenados también.

     La predestinación ya es un concepto muy arraigado en el paganismo griego precristiano, aunque se puede encontrar también en algunas ideas de la comunidad judía de Qumram, pues ellos creían que ‘como colectivo’ estaban predestinados para ser salvos.

     El fatalismo griego, que más tarde impregnó también una parte de la filosofía romana, sostenía que todo ocurría según un destino preestablecido, y negaba cualquier forma de libertad individual que pudiera cambiar el orden de las cosas. Probablemente de estas cosas discutían en Atenas los epicúreos y los estoicos cuando llegó Pablo con el propósito de predicarles el evangelio (Hechos 17:16 y ss.), en que Pablo habla de ‘tiempos y límites’ prefijados por Dios, pero que concluyó con un mensaje absolutamente contrario a la base de la predestinación: Hechos 17:30 “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan«.

     Es decir, que si bien existen ciertos estadios predeterminados, en cuanto a la salvación, Dios demanda que los hombres actúen tomando decisiones, que pertenecen a la esfera de su libre albedrío, de su libertad. Y que, presente el evangelio y la redención por Jesucristo, ahora ya no hay ignorancia ni incapacidad posible que no permita a los hombres arrepentirse como un acto de su propia voluntad.

     Ya en la historia de la iglesia cristiana, el debate de la predestinación tuvo protagonistas muy conocidos como Agustín, Lombardo, Tomás de Aquino y como no, a los reformadores del siglo XVI. Y entre ellos a Calvino que fue el más firme introductor de esa teología en el campo protestante.

     Puedo comprender a Calvino, y hasta simpatizar con él. A mí me parece un Apolos, solo que no tuvo a su lado a una Priscila y un Aquila que le enseñaran más exactamente la verdad del evangelio y de la doctrina cristiana. (Hechos 18:24-26 “Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios”).

     Calvino, fue un hombre inteligente, erudito y culto, pero formado en una universidad católica de La Sorbona, que en sus propias palabras reconoce que estaba “obstinadamente entregado a las supersticiones del papado”. Sus primeros trabajos fueron los de traductor de clásicos de la filosofía griega y latina. Por ello no es de extrañar que estaba familiarizado con el pensamiento fatalista y predeterminista griego del “heimarmene” y “anake”, como del “fatum” latino.

     De su conversión no sabemos mucho, pero sí que escapó de París junto con el rector de la Sorbona, Nicolas Cop, por temor a ser condenados por herejía por el Parlamento francés. Tenía entonces 25 años. Así que su ruptura con “las supersticiones del papado”, debió tener lugar muy poco de tiempo antes, pues no se le conoce con anterioridad ninguna actividad resaltable en el campo de la teología, ni de la fe, ni como católico ni como seguidor de las ideas protestantes, de las que se confesó como ‘novicio y principiante’. (Así reconoce honradamente que pronto, a partir de aquel momento, “todos los que tenían deseo de la pura doctrina se acercaban a mí para aprender, aunque yo mismo no era más que un mero novicio y principiante”).

     Pero en 1536, cuando cuenta con 27 años de edad, y escasamente tres de creyente, y con el bagaje de su formación romanista (que entonces apenas era bíblica, sino que se apoyaba en los escritos de los padres de la iglesia, en los dogmas conciliares, y en los autores escolásticos), más el añadido de sus estudios y trabajos de la filosofía griega, publica su obra: “Las instituciones de la religión cristiana”, que pretende ser un tratado sistemático de la teología reformada. Y salió lo que salió. Bien en algunas cosas, regular en otras y bastante deficiente en el resto. Pero en el resultado no se diferenció mucho de otros reformadores como el propio Lutero. Y es que Calvino, como los otros reformadores, vivió en tiempos convulsos, en los que se les multiplicaban problemas de todo tipo, lo cual impedía una serena reflexión en algunos capítulos de sus postulaciones teológicas.

     Calvino reconoce que le hubiera gustado afrontar esta situación de una forma retirada y con tranquilidad, y dice que ‘intentaba en lo posible retirarse de la gente, pero importaba poco que cumpliera con mi deseo puesto que al contrario todos los retiros y lugares apartados eran para mí como escuelas públicas.’ Así fue como el novicio se convirtió en maestro, y pasó su vida defendiendo los postulados de las Instituciones en lugar de progresar y profundizar en ellos. Estoy seguro de que si en lugar de haber estudiado en Paris y Orleans, lo hubiese hecho unos pocos años más tarde en Leiden, y bajo las enseñanzas de Jakob Hermans (Arminius) no hubiese sostenido los postulados de la predestinación como los que concluyeron los calvinistas 65 años después de su muerte en Los Cánones de Dort.

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