Una mano sostiene una Biblia y valida su buena reputación levantando el pulgar
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Cuando veo la sociedad en la que vivimos, pienso que hay mucha gente que no es consciente del valor que tiene labrarse y mantener una buena reputación. Muchos están enfrascados en tener relevancia y destacar, con independencia de que su fama sea buena o mala, haciendo buena la frase de Oscar Wilde que decía que “hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti y es que no hablen de ti”.

Algunos suelen darse cuenta de lo importante que es la reputación cuando comprueban que la mala fama que les precede les cierra puertas comerciales, laborales e incluso sociales y personales.

Las empresas sí que suelen tener mucho más claro la importancia de una buena reputación, porque saben que sobre este pilar fundamental se cimenta el éxito de sus ventas. Así que invierten grandes sumas de dinero en transformar la categoría comercial de un mero producto en la de una marca que tenga identidad propia, unos atributos reconocibles, que responda a una demanda y que satisfaga unas expectativas.

Sin embargo, una mala campaña comercial o la sinergia con otras marcas o personajes públicos que representen mensajes controvertidos o valores distintos a los que tiene la empresa o sus clientes objetivos, va a repercutir inexorablemente en la mala reputación de la empresa y esto se va a llevar por delante al producto, generando unas pérdidas irreparables.

En resumidas cuentas, la reputación es nuestra imagen. Nuestra carta de presentación a los demás. Y más allá de lo que nosotros seamos o pretendamos aparentar, es una etiqueta que te cuelgan los demás y no algo que tú puedas reclamar.

Una mala reputación es una carga, ligera de levantar, pesada de llevar, difícil de descargar.

Hesíodo (filósofo griego)

El desastre de marketing de Bud Light

Un caso muy sonado fue el de las cervezas Bud Light, cuyo público objetivo es fundamentalmente proveniente de estados republicanos y conservadores de Estados Unidos. La marca perdió 5.000 millones de cotización en bolsa en el año 2023 haciendo bueno el célebre “Go woke, go broke” (ve de progre y vete a la ruina), gracias a un spot en el que querían llegar a gente joven y ampliar el target de sus potenciales clientes. Pues bien, no tuvieron mejor idea que la de contratar al activista transexual Dylan Mulvaney, al que pusieron en una bañera con espuma vestido de mujer y haciendo un ridículo y amanerado baile mientras brindaba al aire y bebía la cerveza de la marca.

La reacción no se hizo esperar. Como hubiera podido prever hasta un niño de 5 años, la lluvia de críticas, quejas y declaraciones públicas de gente diciendo que no volverían a consumir esa cerveza, provocó que la presidente de marketing de la compañía tuviera que salir a dar la cara ante la reacción encolerizada de sus consumidores habituales.

Sin embargo, en lugar de recoger cable, pedir disculpas y dar cualquier tipo de explicación bienquedista, la presidente de marketing trató de justificar el spot echando más leña al fuego y cargando contra la imagen rancia y paleta de bros de fraternidad universitaria masculina que, a su juicio, transmitían el perfil de consumidores de la marca y que impedía a la marca su expansión a nuevos consumidores. Al pésimo anuncio se le añadió una respuesta de peor gusto.

La reacción de los clientes habituales escaló hasta hacer virales vídeos en los que tiraban sus cervezas intactas a la basura; camiones enteros volcando las cervezas intactas hasta llenar el suelo de un mar de espuma de cebada; incluso, dueños de tiendas y supermercados tirando al suelo todas las latas de cervezas de Bud Light que llenaban los stands.

Finalmente, la presidente de marketing tuvo que dimitir y el CEO de la compañía tuvo que emitir un comunicado pidiendo disculpas y reconociendo que todo había sido un completo despropósito.

¡Hay que ver lo difícil que es y el tiempo que requiere el poder generarse una buena imagen y qué fácil y rápido se puede tirar abajo y arrastrarla por el suelo!

Dios ama su propia reputación

En el capítulo 6 de Hebreos, nos encontramos una referencia al encuentro que mantuvo Dios con Abraham, y que concluyó con la promesa de parte de Dios de bendecirle y darle descendencia. El texto dice que Dios “no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo” (Hebreos 6:13) como una mayor garantía de que iba a cumplir las promesas hechas en favor de Abraham. Y el texto aclara que, si ya de por sí, es imposible que Dios mienta; es mucho más imposible que Dios rompa un juramento (Hebreos 6:18). Es decir, Dios hace gala de ser un Dios que cumple su palabra, y no sólo eso, sino que ha puesto su nombre y su reputación como garantía del cumplimiento de todo que aquello que ha prometido. Lo va a cumplir hasta el final y sin cambiar una sola coma.

Este compromiso de Dios para con su nombre y su buena reputación también lo encontramos en el Salmo 23, en donde podemos ver como el salmista le atribuye a Dios un celo enorme por cuidar lo que podríamos decir que es su imagen. Su marca. En definitiva, su nombre. El versículo 3 enumera una serie de promesas de parte de Dios, las cuales cumplirá “por amor de su nombre”.

Y es que la glorificación de su nombre es la garantía que Dios nos da para estar seguros y convencidos de que me va a proveer hasta que nada me falte, que me hará descansar, que confortará mi alma, que me acompañará aun en el valle de sombra de muerte y que me guiará por sendas de justicia. Lo hace por amor, pero también porque lo ha prometido y Él no va a faltar a su palabra, porque no va a ensuciar su nombre con esperanzas rotas.

¡Qué bueno es saber que es imposible que Dios mienta y que se traicione a sí mismo, y con ello a nosotros! ¡Qué bueno es que Dios quiera honrar y preservar su marca! Porque esto nos da, no sólo la oportunidad de conocerle, de saber su voluntad y propósito, y de estar seguros de que no seremos traicionados ni avergonzados; sino también, de que tenemos un Dios inmutable y accesible, que cumple lo que promete, que no tiene trampa ni cartón, que es fiable y confiable.

¡Ay de quienes ensucien el nombre de Dios!

Una cosa que tenemos que tener en cuenta, es que si Dios valora tanto su nombre y su reputación, como para ponerla en lo más alto e incluso para haberle visto hacer un juramento que avale sus promesas ¿Cómo serán tratados aquellos que conscientemente o imprudentemente tomen en vano el nombre de Dios o lo ensucien por el barro?

Hay que recordar que uno de los mandamientos que Dios dio a Moisés declaraba expresamente que: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano» (Éxodo 20:7).

La falta de respeto a Dios no sólo se evidencia en la banalización de su nombre, sino que también se puede dañar por asociación por el mal testimonio o las hipocresías de aquellos que dicen conocerle y que actúan de forma pública y contraria a los valores que Dios ha dado, inspirando a otros a blasfemar el nombre de Dios, tal y como dice el apóstol Pablo en Romanos 2:24 cuando reprocha que: «el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros».

Que Dios nos ayude a tener en cuenta el celo que Él tiene por su reputación y que podamos contribuir a la glorificación de su nombre con todo lo que digamos o hagamos.

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Un comentario sobre «Por amor de su nombre»

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