El profeta Elías enseñó al pueblo que la falacia ad populum no sirve ante el poder de Dios
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La defensa de cualquier idea cuando uno se encuentra en una desventaja numérica puede ser suficiente motivo como para que mucha gente tenga dudas de si aquello que esta defendiendo es correcto o no, atendiendo únicamente al número detractores que rechazan su postura. Es como si la lógica y la verdad debieran claudicar ante las matemáticas que cuentan el número de personas que abraza o rechaza una idea. Como si los números pudiesen constituir por sí solos la forma de un argumento incontestable.

La falacia ad populum se utiliza constantemente en debates en los que una de las partes quiere dotar a su argumento de una mayor fuerza que la que realmente tiene. Ante la incapacidad de zanjar la disputa de forma racional, recurre al atajo de referenciar el número de adhesiones que tiene su posición al tiempo que señala la «soledad» de su oponente.

En el fondo me resulta una triquiñuela un tanto arrogante. Aunque quien la emplea no llegue a verbalizarlo, es como dar a entender que quien le lleva la contraria debe abandonar la idea en la que se enroca, sencillamente, porque: «¡Tantas personas no podemos estar equivocadas!».

Esa aparente soledad puede producir una grieta en la fe de algunos creyentes, en quienes acaba permeando esa impresión de minoría o de aislamiento que los lleve a la duda sobre las verdades recibidas. Pensar que somos cuatro gatos o un salmón nadando a contracorriente implacable.

Desmontando la falacia ad populum

Sin embargo, el talón de Aquiles de la falacia ad populum es la evidencia fácilmente comprobable de todas las veces que la historia ha demostrado que el posicionamiento de la mayoría no implicó tener la razón. Desde Copérnico a Galileo y a otros muchos.

Por ejemplo, Henrik Ibsen, lo ilustró de una forma genial en su libro «El enemigo del pueblo», en el que un Doctor Thomas Stockmann era poco menos que linchado por una turba de cabezas de ganado, como él calificaba al pueblo fanatizado, que impuso por la fuerza del número (y de la violencia) lo que no podían defender desde el conocimiento y la razón.

No obstante, el acerbo popular también nos regala expresiones más gruesas pero tremendamente ilustrativas para desmontar está falacia, como es el refrán de las moscas: «millones de moscas no pueden estar equivocadas…» A buen entendedor…

Si uno lleva la falacia ad populum a este extremo, creo que todos acabaríamos desmarcándonos de la tentación de echar mano a una mayoría si lo que están sosteniendo es una soberana estupidez.

Si uno sólo tiene razón, con eso alcanza y sobra

A escasos 11 días de que tuvieran lugar las elecciones presidenciales argentinas del 19 de noviembre del año 2023, más de un centenar de economistas de todo el mundo irrumpieron en la campaña electoral firmando una carta abierta contra las medidas económicas propuestas por, el entonces aspirante a la presidencia, Javier Milei.

Nombres como Thomas Piketty, Jayati Ghosh, Branko Milanovic y José Antonio Ocampo entre otros, afirmaron y firmaron que las ideas de Javier Milei estaban «plagadas de riesgos que las hacen potencialmente muy dañinas para la economía argentina y el pueblo argentino. Una reducción importante del gasto público aumentaría los ya elevados niveles de pobreza y desigualdad».

Aprovechando esta polémica, los presentadores del programa «A dos voces» del canal TN (Todo Noticias), Marcelo Bonelli y Edgardo Alfano, le preguntaron a Javier Milei por su opinión sobre la carta abierta que firmaron el centenar de economistas. Su respuesta fue épica:

«De esos 200 cobardes, que se tienen que juntar 200 para pegarle a uno… Eso muestra un nivel de cobardía… Si uno solo tuviera razón, con eso alcanza y sobra».

Y es que lo que está bien, está bien aunque todo el mundo esté en contra, y lo que está mal, está mal aunque todo el mundo esté a favor. El número de adhesiones no tiene ningún poder sobre la verdad, ni sobre la razón.

¿Quién es el Dios verdadero?

Cuenta el libro de Reyes que Dios castigó a Israel con una sequía que duró varios años en respuesta a la idolatría que el rey Acab promovió en Israel. Aunque no sólo por eso, sino también por su extrema maldad, la cual no había tenido comparación en los reyes que le precedieron (1ª Reyes 16:30-31), llegando incluso al punto de consentir a su mujer Jezabel que pudiese ordenar matar a los profetas de Jehová (1ª Reyes 18:4).

En este contexto, Dios llamó al profeta Elías para que se presentase delante del rey y le dijese que «únicamente llovería a petición suya» (1ª Reyes 17:1). Entiendo que Elías se pudo ir sin más, porque no le darían crédito, pero al ver que la sequía se dejaba sentir el rey Acab ordenó a sus siervos que lo buscasen en cualquier rincón donde pudiera estar (1ª Reyes 18:10).

Al tercer año de la sequía, y en medio de una gran desesperación fruto de la hambruna, el rey Acab ordenó que fuesen por todo el país buscando cualquier fuente de agua, arroyo o pasto con el que alimentar a sus bestias. Y en este contexto, Elías obedeciendo a Dios, sale al encuentro del rey y le dice:

«Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová, y siguiendo a los baales. Envía, pues, ahora y congrégame a todo Israel en el monte Carmelo, y los 450 profetas de Baal, y los 400 profetas de Asera, que comen de la mesa de Jezabel» (1ª Reyes 18:18-19).

El dilema ad populum del pueblo de Israel

Siguiendo las instrucciones de Elías, el pueblo fue convocado a la hora y lugar señalados. Pero aquí me surge una pregunta: ¿Qué estaría pasando por la cabeza de las gentes del pueblo?

Estoy convencido de que la mayoría se guiarían por sus ojos y quedarían fascinados ante la exhibición visual que conformaban los cientos de profetas de Baal. La puesta en escena de todos perfectamente uniformados de forma institucional y amparados por el poder de la realeza contrastaba con la penosa imagen de soledad del profeta Elías.

Y ¿Qué puede hacer Elías ante tan grande número?

Donde cualquiera ante una situación semejante se vería abrumado y le temblarían las piernas, el profeta Elías estaba confiado en la verdad y aprovechó el auditorio para lanzar un doble desafío.

Al pueblo les reprochó: «¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él» (1ª Reyes 18:21).

A los profetas de Baal les desafió públicamente para demostrar quien representa al Dios verdadero, diciéndoles: «Dénsenos, pues, dos bueyes, y escojan ellos uno, y córtenlo en pedazos, y pónganlo sobre leña, pero no pongan fuego debajo; y yo prepararé el otro buey, y lo pondré sobre leña, y ningún fuego pondré debajo. Invocad luego vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de Jehová; y el Dios que respondiere por medio de fuego, ése sea Dios» (1ª Reyes 18:23-24).

Elías vs. los 450 profetas de Baal

Y empezó la competición. Los primeros en hacer la demostración fueron los profetas de Baal quienes después de hacer los preparativos se pasaron todo el rato, desde la mañana hasta el mediodía , saltando e invocando el nombre de Baal: «¡Baal, respóndenos¡ ¡Baal, respóndenos¡» Sin obtener otra respuesta más que el silencio.

Mientras tanto, Elías estaba viendo el tremendo esfuerzo y los clamores frenéticos de los profetas, se lo pasaba en grande ironizando sobre los resultados que estaban obteniendo: «Gritad en alta voz, porque dios es; quizá está meditando, o tiene algún trabajo, o va de camino; tal vez duerme, y hay que despertarle» (1ª Reyes 18:27).

Viendo los profetas de Baal que no pasaba nada, incrementaron sus clamores, llegando incluso a cortarse el cuerpo con cuchillos y lancetas según sus rituales mientras seguían gritando. Finalmente, cuando llegó la hora determinada para ofrecer el sacrificio la respuesta fue, nuevamente, el silencio.

El turno del profeta Elías

Elías empezó por reconstruir un altar a Jehová que estaba arruinado y se dispuso a realizar los preparativos de la prueba. Sin embargo, añade una mayor dificultad a su demostración pidiendo que llenen cántaros de agua y los derramen sobre el holocausto y la leña. Hasta tres veces repitieron este hándicap, hasta asegurarse de que todo estuviese lo suficientemente mojado como para que fuese racionalmente imposible atribuir a la casualidad la respuesta de Dios.

Y así, de forma sencilla, sin aspavientos ni gritos enérgicos, simplemente dijo: «Jehová Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas. Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos» (1ª Reyes 18:36-37).

Y Dios envió fuego del cielo que consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y hasta secó el agua que había en las zanjas. Y las dudas del pueblo se disiparon.

El pueblo pudo comprobar que, aunque Elías estuviese aparentemente sólo, y fuese el único profeta de Jehová que había quedado (1ª Reyes 18:22), no importaba el número de personas que se pudieran adherir a una idea, o a una causa, o a un dios porque si alguien tiene la razón, con uno basta. Y si Dios es el uno que ha hablado, confiaré en su palabra sabiendo que a su tiempo Él revelará todas las cosas, sea en esta vida o en la venidera (1ª Juan 5:9).

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