Resonaba en la memoria de los mayores, los ecos de las palabras dichas por el profeta Miqueas. Palabras que de padres a hijos fueron transmitidas como un tesoro de gran valor:
«Belén, de ti me saldrá el que será Señor en Israel, y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad».
El anuncio
Y pasaron los años, las décadas y muchos siglos hasta que el ángel Gabriel fue enviado a la ciudad galilea de Nazaret. Tenía el cometido de encontrar a una virgen llamada María. Una joven que estaba prometida con José.

«¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre. Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
María, respondió sorprendida: «¿Cómo es posible? ¡Si no he estado con nadie!».
El ángel Gabriel le dijo:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Porque nada hay imposible para Dios»
Al oírlo María, aceptó el encargo con todo su corazón. Y le dijo al ángel: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra».
Después de la partida del ángel Gabriel, María viajó con prisa a la región montañosa de Judea, en donde vivía su parienta Elisabeth, en donde estuvo varios meses mientras el bebé crecía en su vientre.
Cuando María regresó a su casa, el paso de los días fue haciendo imposible ocultar su estado. José, al darse cuenta de que el hijo no podía ser suyo y sin tener aún explicación alguna, decidió en su corazón dejarla en secreto, para no causarle vergüenza ni exponerla públicamente.

Pero José en sueños recibió un mensaje del ángel del Señor:
«No temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Y José obedeció y recibió a María como su esposa.
La noche del cumplimiento de la promesa
Y así, varios meses después, en los días en los que César Augusto era emperador romano, se dictó un decreto que sería el instrumento para que la promesa se hiciese realidad:
«Toda persona debía registrarse en su ciudad de origen para el censo».

José y María subieron a Belén para censarse. Pero no encontraron lugar para que pudieran pasar la noche. Y María dio a luz a su hijo primogénito en un pesebre.
Esa misma noche, un ángel del Señor se apareció a unos pastores y les anunció con alegría:

«No temáis; porque hoy, en la ciudad de David, ha nacido un Salvador, que es CRISTO el Señor. Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre».
De pronto, se unió a él una multitud de huestes celestiales alabando a Dios:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!»
Los pastores siguiendo las instrucciones del ángel fueron a Belén y encontraron al niño con María y José. y contaron lo que el ángel les había dicho y todos se maravillaron.

Tiempo después, unos sabios de oriente guiados por una estrella que tenía un brillo especial, llegaron a Belén. Al entrar en la casa, vieron al niño con su madre. Se postraron y lo adoraron, y ofrecieron oro, incienso y mirra.

Así se obró el milagro de la Encarnación. Cómo el Verbo se hizo carne. El Hijo, renunciando a su gloria a la diestra del padre, se hizo como una de sus criaturas para participar de carne y sangre de la misma naturaleza que su creación.
El propósito
Pero el nacimiento, solo fue el inicio del camino de redención de la humanidad. Una obra planificada desde antes de la fundación del mundo y que se extendía hacia la eternidad. El propósito de Jesús tenía una dimensión más profunda. Un sacrificio por amor.
Jesús se ofrecería voluntariamente a llevar los pecados de toda la humanidad y sufrir en su carne el castigo de la ira de Dios para cumplir la justicia y reconciliar consigo al mundo con Dios.
Para que tuviésemos la potestad de ser hechos hijos de Dios y pudiésemos llamar a Dios, Papá.
¡Feliz Navidad!
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