Tabla de piedra con el grabado de las cosas que Dios pide a su pueblo
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Hace unas semanas escuchaba a un contertulio, en este caso deportivo, en la radio decir lo siguiente: el árbitro ha tomado una estúpida decisión salomónica. Cuando oí esta expresión, tengo que confesaros que ya no seguí el hilo de la conversación, sino que me quedé en ella y preguntándome: ¿cómo es posible que esta persona haya dicho esto, precisamente de uno de los hombres más sabios de la historia de la humanidad? ¿Qué le han enseñado a este periodista acerca de Salomón? ¿Cómo es posible que tenga este concepto y llegue a llamar a la sabiduría, estupidez?

Tristemente este es un ejemplo muy sencillo de lo que está pasando en nuestra sociedad en general, en el que los valores están siendo revertidos de tal manera que, como se profetizó, se está llamando a lo malo, bueno y a lo bueno, malo. La historia es cíclica, y esto no es la primera vez que ocurre. También ocurrió en el siglo VIII a.C., tiempo en el que fueron dadas las palabras proféticas de Miqueas.

La inversión del significado del bien y del mal

Del propio Miqueas sabemos poco más que nació en un pueblo llamado Moreset en Judá, y que fue contemporáneo de Isaías y Oseas, profetizando durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías.

El libro de Miqueas habla a una sociedad que se había alejado del corazón de su Dios, que podía seguir de una manera más o menos recta, la práctica de la ley dada siglos atrás, pero que había perdido de vista el propósito de normas que su Creador escribió para ellos: ser un pueblo especial, santo, entre todos los pueblos de la tierra.

De tal manera que Miqueas recoge en 3 secciones de juicio, seguidas cada una de ellas por promesas de restauración, la palabra de Dios hacia su pueblo. No porque Dios sea un caprichoso, sino porque su forma de vida había cambiado, como hoy también, amando lo malo y aborreciendo lo bueno, siendo ellos Judá (Miqueas 3:2).

El versículo de Miqueas 6:8, resume bien el dolor en el corazón de Dios. Así que tiene que repetir lo que su pueblo ya sabía, pero había dejado. Porque Dios no cambia, habla y pide lo mismo desde el principio: adoración de vida.

Comienza el versículo diciendo: «Él te ha declarado lo que es bueno y, añade, lo que pide Jehová de ti». Podríamos pensar que el texto nos lleva a establecer que lo que Dios ha declarado y lo que nos pide es distinto, pero no. Lo que está expresando es que Dios no estaba ocultando sus intenciones. Eran conocidas por todos. Es como decir al lector: oye que esto ya lo hemos hablado, te lo he dicho anteriormente, y es lo que te pido, como habíamos acordado.

Las peticiones de Dios

Para saber que es lo que Dios nos demanda, sería bueno acudir a Deuteronomio 10:12-13, en donde podemos leer:

«Ahora, pues, Israel, ¿Qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?»

¿Qué pide Jehová tu Dios de ti? Nuestro Dios está recordando a Judá que los montes y los collados (Miqueas 6:1) fueron testigos entre él y su pueblo, acerca de un pacto de amor entre ambos. Dios había formado a Israel de la nada, trajo bendición generación tras generación incluso antes de la entrada a la tierra prometida.

Y lo que pide Dios es una adoración genuina, no traída por el sacrificio que uno puede hacer delante de Él, sino la del corazón que imita a su padre y que queda resumida en Miqueas 6:8, tal y como hemos leído.

No eran palabras nuevas, porque Dios no cambia. Habla y pide lo mismo desde el principio. Una adoración de Vida. Y, en esta ocasión, nos deja tres puntos clave de lo que es bueno y lo que pide a su pueblo: hacer justicia, amar misericordia y humillarse ante Dios.

Hacer justicia

¿Acaso alguien en Judá desconocía que Jehová es un Dios de justicia? Esta misma palabra aparece en el Antiguo Testamento, nada más y nada menos, 392 veces. Por ejemplo, de la justicia se nos dice que:

«El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos» (Salmos 19:9). «Hacer justicia y juicio es a Jehová más agradable que sacrificio» (Proverbios 21:3).

Hacer justicia no solo es bueno para nosotros, no solo nos lo pide Dios, sino que además es agradable a Jehová más que sacrificio. ¿Por qué? Porque es adoración a Dios, no por ley sino del corazón. Es estar pendiente de la voluntad de Dios para vivir como Él, en justicia.

Amar misericordia

La cuestión no se trata sólo de ser misericordiosos o practicar la misericordia, sino amar la misericordia.

«¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia» (Miqueas 7:18). ¿A quién no le es familiar el famoso: «misericordia quiero, y no sacrificio» de Oseas 6:6?

La misericordia forma parte del carácter de Dios. Podemos acercarnos a Él para exaltarle por su misericordia, como una característica suya, o podemos acercarnos apelando a su misericordia para hallar el perdón. Es parte de Él. Amar la misericordia, implica imitar a nuestro Dios y decirle: Padre nosotros también te amamos.

Humillarnos ante Dios

¡Cuánto nos cuesta vivir en humildad! Rápidamente nuestro yo tiende a exaltarnos en los éxitos, pero los méritos son siempre de nuestro Dios. Él nos cuida, nos ama, nos protege y aún, cuando quiere hacernos avanzar, nos prueba como al oro. Porque somos sus pequeños. Y esto estaba también diciendo a Judá. No seas altivo, ni delante de mí, ni entre vosotros. «Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas mira de lejos al altivo» (Salmos 138:6).

El libro de Miqueas anunció el nacimiento de Cristo en Belén (Miqueas 5:2). Un Señor que vendría a reunir a su pueblo de nuevo, y que establecería la paz y la justicia. Fue llamado Maestro bueno y vino a hacer justicia, porque vino a cumplir la ley en sustitución de cada uno de nosotros, para justificarnos delante del Padre, pagando el precio en la cruz.

Cristo nos mostró el amor por la misericordia, dándonos aquello que no merecemos, otorgándonos salvación y gracia delante de Dios. En su vida aquí en la tierra amó la misericordia mientras perdonaba pecados, porque no vino a salvar a justos, sino a pecadores, a adúlteros, a publicanos, a ladrones, a corruptos… y a nosotros, lo vil y necio del mundo.

Y se humilló delante del Padre como ejemplo para cada uno de nosotros. Jesús dejó su gloria y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:8). Y allí en Getsemaní, desde el cielo se escuchó: «pase de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mateo 26:39).

¿Qué pide Dios de nosotros?

Hoy no realizamos sacrificios físicos, pero aquellos nos hablaban del Hijo. Lo que el Padre siempre ha buscado es nuestra adoración. Una que tiene que ser en espíritu y en verdad, ¡una adoración viva!

La justicia, la misericordia y la humildad son características de nuestro Dios y busca que, como hijos, le imitemos, aprendamos de Él y vivamos en su voluntad, lo que es bueno, agradable y perfecto para nosotros (Romanos12:2).

Jehová habló de muchas maneras, por profetas, como Miqueas, y en los postreros días por el Hijo (Hebreos 1:1-2), pero este texto nos recuerda que el mensaje era el mimo, porque Dios no cambia, habla y pide lo mismo desde el principio: una adoración de vida.

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