Una persona arrogante estima a las demás personas como inferiores bajo sus estándares
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Los psicólogos Kruger, J. y Dunning, D. querían probar si las personas con una capacidad o competencia menor en un determinado ámbito sobreestimaban enormemente su propia capacidad en dicha esfera como resultado de su incapacidad para advertir sus propias limitaciones y carencias. Esta conducta se le conoce como sesgo de autoenaltecimiento.

Estudios precedentes habían afirmado la existencia del comportamiento conocido como “el efecto por encima de la media”, que señala la tendencia que tenemos las personas para creer que tenemos unas habilidades o conocimientos superiores a la media.

Es decir, las personas tendemos a valorar nuestra opinión o conocimientos como mejores que los que realmente tenemos o que los que tienen los demás, en base a nuestras propias autorreferencias.

En el experimento se utilizó una prueba de inglés y se dividió a los participantes en grupos según los resultados. Pasados unos días, se les pidió que valorasen las pruebas de otros participantes y también que valorasen su propia prueba.

El resultado arrojó que los participantes con menor puntuación en la prueba, sobrestimaron su capacidad a la par que fueron menos capaces de evaluar con precisión las pruebas rellenadas por otros participantes.

Por su parte, aquellos que tenían una mayor capacidad subestimaron significativamente su propia competencia, sin embargo, fueron capaces de reajustar la estimación de su propia capacidad al revisar los test rellenados por otros participantes.

La ignorancia nos puede llevar a una seguridad temeraria

Los curriculums pueden ser una buena prueba de ese sesgo de autoenaltecimiento, especialmente a la hora de valorar nuestras aptitudes. Salvo que se puedan acreditar con un certificado, suele ser frecuente ver que las valoraciones sobre conocimiento y dominio de un idioma sean más altas de las que realmente uno tiene.

Esto me recuerda una anécdota que protagonicé a los 15 años cuando estaba en el instituto.  La profesora de inglés nos puso el típico examen en el primer trimestre, antes de las vacaciones de Navidad. Me dispuse a rellenarlo y recuerdo que estaba lleno de seguridad y confianza. No dudé en prácticamente nada. Tal fue mi satisfacción al término del examen, que a la hora de entregárselo a la profesora, le dije todo ufano en voz alta para que se enterara toda la clase: “¡Profesora! Este examen es de notable”.

A la semana siguiente, la profesora que ya había corregido los exámenes, se dispuso a repartirlos entre los alumnos. A medida que entregaba un examen, decía el nombre y la nota en voz alta para que todos supiéramos cómo lo habían hecho los demás.

Cuando llegó a mí, dijo mientras se partía de la risa: “¡Pablo! ¡Un ocho!”. Al entregarme el examen, vi que la nota era un 2,5 y que había más cosas escritas en rojo que las que había escrito yo en tinta azul al hacer el examen. Mientras lo recogía mi reacción fue: “¡Pero si no he dudado nada!”.

Las enseñanzas bíblicas para evitar el sesgo de autoenaltecimiento

Son muchos los llamados a la humildad y a la cordura que están presentes a lo largo de la Biblia. Por ejemplo, el apóstol Pablo advierte de una forma clara y directa que: “el que cree ser algo, no siendo algo, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3).

Y el que se engaña a sí mismo, se ha constituido en su peor enemigo, ya que se va retratando ante los demás por la fatuidad de su ignorancia. Tal y como escribió Salomón: “el corazón del sabio está a su mano derecha, mas el corazón del necio a su mano izquierda. Y aun mientras va el necio por el camino, le falta cordura, y va diciendo a todos que es necio” (Eclesiastés 10:2-3).

También nos encomienda a luchar contra ese sesgo de autoenaltecimiento apuntando en dos direcciones. Por un lado cuando apelando a una evaluación crítica y sincera de las capacidades propias cuando, en lo que concierne al ámbito espiritual, les dice a los romanos: “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3).

Por otro lado, que trate de contrarrestar esa tendencia natural a sobreestimarse positivamente ejercitando una actitud de humildad ante los demás. Tal y como dice a los filipenses cuando les pide: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando a cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3).

El propósito que debería tener cada cristiano

Si todos los creyentes profundizásemos en el conocimiento de la obra de Cristo y tomásemos como medida de nuestra vida y capacidades a Cristo (Efesios 4:13), podríamos adquirir perspectiva y cordura a la hora de considerar nuestras capacidades y méritos en relación con aquel que verdaderamente marcó la diferencia con la humanidad. Y así seríamos más objetivos y cuerdos a la hora de valorar nuestras capacidades y las de los demás.

Este debería de ser uno de los propósitos que podríamos considerar para este nuevo año que acaba de empezar.

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