Padre arropa a su hijo que se ha quedado dormido destapado
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Esta semana mientras mi hijo mayor estaba dormido en la cama, entré en su habitación y vi que estaba destapado. Así que lo arropé para que no pasase frío durante la noche. Le di un beso en la cabeza y al reincorporarme, me quedé como pensando sin pensar en: ¡Qué más cosas puede necesitar que yo no estaría dispuesto a darle, antes de que siquiera me las pidiera, para que lo tenga todo!

Y ahí, con las luces apagadas y a oscuras, vinieron a mi cabeza las palabras de Jesús en el sermón del monte cuando hablaba a una multitud sobre Dios y les dibujaba con ilustraciones del día a día cómo esa imagen que tenían de un dios lejano e indiferente no tenía nada que ver con Dios. Todo lo contrario, Dios es nuestro Padre celestial y la relación que quiere tener con nosotros es tan cercana como la que tiene un hijo con su padre (Mateo 6:25-34).

Y me emocioné como hacía tiempo que no me ocurría al sentir —Sí, sentir— que el amor que Dios tiene por mí como padre, no es menor que el que yo tengo por mi hijo. Eso me hace inmensamente afortunado porque en la Biblia vemos cómo ama Dios, hasta el punto de dar a su Hijo unigénito en sacrificio para redimirme y tener vida eterna (Juan 3:16). Si ha dado eso ¿Qué no dará más?

Y recordé la frase que dice: «quien no tiene a Dios por padre, lo tiene por juez», y aun siendo como soy, Él me ha dado la potestad de ser hijo de Dios (Juan 1:12). Ese pensamiento llenó mi mente como una atmósfera cálida y me sentí abrazado. Volver a darme cuenta de que Dios me quiere a pesar de mis errores. Y sentí paz.

La solución de Dios a nuestra ansiedad

¡Qué duda cabe que vivimos en un cuerpo que está atado a necesidades materiales! Beber, comer, abrigo… Y que la fragilidad de nuestra existencia nos obliga a actuar en consonancia para cubrir todas y cada una de esas carencias, para tener un mínimo de bienestar que nos permita no pasar calamidades. Lo que en términos coloquiales y materiales llamamos, tener una buena vida. Larga en años, abundante en amor y con las necesidades básicas cubiertas.

¡Y qué duda cabe que a menudo se convierte en una labor adversa, estresante y hasta esquiva!

Y cuando las cosas vienen del revés, con los problemas, llega la ansiedad. Esa agitación que no nos da respiro despiertos y que hace que el tiempo vaya a toda velocidad, como a x10, y no alcance para hacer todo aquello que urge; pero que tampoco da tregua en la noche, cuando esos problemas no nos permiten ni dormir ni descansar.

Y Jesús presenta a Dios como ese Padre a quien le importamos de verdad, que está dispuesto a actuar a nuestro favor y que se preocupa por conocer las necesidades que nos acucian. Y les dice:

«¿No valéis vosotros mucho más que ellas?» Refiriéndose a las aves a quien Dios alimenta sin necesidad de trabajarse el sustento (Mateo 6:26).

«¿No hará mucho más a vosotros?» Refiriéndose a la necesidad de abrigo en comparación a como viste la naturaleza (Mateo 6:30).

«Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas» (Mateo 6:32).

¿Acaso como padres no podemos sentirnos identificados con éstas palabras? ¿No valen nuestros hijos más que cualquier otra cosa? ¿No estaríamos dispuestos a hacer lo que hiciera falta en favor de nuestros hijos?¿Acaso no nos tomamos la «molestia» de saber de su vida, sus inquietudes y sus necesidades?

Empezando a poner las cosas en el orden correcto

Jesús emplaza a la multitud a que busquen el reino de Dios y su justicia y les dice que todas esas cosas les serán dadas por añadidura… No como si Dios fuese un cajero automático o un genio de la lámpara a nuestro servicio con la obligación de satisfacer nuestros caprichos. Todo lo contrario. Dios como el Padre celestial que nos ama, al que le importamos de verdad, que nos cuida y protege, que nos dará lo necesario para nuestro sostén, y que nos acompañará en nuestras horas negras para hacernos sentir abrazados, consolados y restaurados.

El texto no nos dice cómo el Padre va a proveer todas esas necesidades. Simplemente nos emplaza a que desarrollemos una confianza en que Dios escucha, ve y obra a nuestro favor. Es decir, la fe. Una fe que trasciende a lo material y a la inmediatez. Por eso, antes de angustiarnos por cómo sobrevivir, debemos descansar en su justicia y en su gracia sabiendo y sintiendo que le importamos como hijos a un padre.

Las promesas de Dios para sus hijos

Hay dos pasajes muy famosos que están en sintonía con esta idea que me dan mucha paz:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mateo 11:28-30). Sencillamente es una forma diferente de decir «buscad el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas».

«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28). No quiere decir que Dios me dé todo lo que le pida, en el tiempo en que se lo pida y de la manera en que se lo pida. Dios promete estar a mi lado en toda circunstancia y lugar, cuidándome y regalándome la certeza que me ama y busca mi bien.

Abba padre. Gracias!

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