Un espejo que refleja la imagen que se proyecta en él
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Cuando nos miramos al espejo podemos ver un yo agradable, o uno miserable; aquella persona que hemos construido acerca de lo que somos. Si otro mira ese mismo espejo, podrá ver lo que pretendamos enseñarle. Qué diferente pueden ser esas realidades, a pesar de usar el mismo espejo y los mismos ojos. ¿Por qué? Pues porque lo que uno ve, depende no sólo de los ojos con los que mira, sino también de la imagen de las cosas que uno puede percibir.

Me explico. Las personas que usan gafas (como yo) necesitan esta herramienta para ver mejor el mundo que les rodea. Si se quitan las gafas, ven más borroso todo. Estas personas tienen una limitación de lo que perciben, en función de sus capacidades.

Algunas de estas capacidades se desarrollan por el aprendizaje, en los primeros años de vida. Así que vemos, según las capacidades visuales y el aprendizaje de los años. Esto, trasladado a cómo vemos el mundo, es conocido hoy día con el término cosmovisión, es decir, como percibo lo que pasa a mi alrededor, en función de las capacidades y el aprendizaje que hay en mi cabeza.

La formación de la cosmovisión

Nuestra cosmovisión nos hace vestir de una manera, expresarnos de una manera, hacer amistades y mantenerlas (o no), de una manera concreta. En ella influyen desde nuestros prejuicios, la educación recibida o los aprendizajes que nuestro cerebro ha ido ideando (los paradigmas), lo que convierte a la cosmovisión en algo relativo, diferente en cada uno de nosotros.

Nuestra visión en el espejo es parte de la cosmovisión y, por tanto, relativa y limitada por nuestras capacidades. Pero ahí no queda todo, porque además de las nuestras, existen limitaciones externas.

Cuando miramos en un espejo no miramos la vida de manera directa. Además de los mecanismos que vamos adquiriendo en el aprendizaje, está aquello que se nos inculca desde fuera (escuela, televisión, redes sociales…) y que construyen parte del espejo con el vemos el reflejo. Fijémonos en este texto que encontramos en la Biblia:

«Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas, entonces, veremos cara a cara. Ahora, conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido» (1ª Corintios 13:12).

En este versículo, el apóstol Pablo habla de espejos. Hoy día tenemos espejos maravillosos, que reflejan las imágenes prácticamente sin distorsión, sin alteraciones (aunque son imágenes virtuales, reflejadas). Pero en aquel momento, hace 2 mil años, los espejos eran normalmente metálicos. Dejaban ver un reflejo turbio, por eso dice que vemos oscuramente. Y nos habla del futuro, cuando esta vida acabe.

Podemos encontrarnos con personas que, cuando hablamos de la vida después de esta vida, nos cortan la conversación. Porque, en términos generales, preferimos no pensar en la muerte. Se nos ha enseñado que es mejor no hablar de ello, cuando la muerte es lo más seguro de esta vida. ¿Por qué no hablar de ella? ¿Por qué no averiguar qué hay más allá? O, ¿Cómo se nos ve desde el más allá? Fijémonos en lo que dice el texto: “entonces, más allá de esta vida, conoceré como fui conocido«.

Un reflejo en el espejo desde el más allá

Cuando nos miramos en un espejo, veremos nuestro yo de una determinada manera. Otros, al mirar el mismo espejo, la misma imagen, verán otra diferente. Pero, ¿Cómo se me ve desde el más allá? ¿Qué percepción tienen de mí? ¿Cómo estoy siendo conocido allí, donde se ve todo de manera cristalina?

Guiarnos en esta vida sólo por la perspectiva propia no es un buen consejo. Es mejor añadir la visión que otros puedan darte.

En el libro de Proverbios se nos dice que «en la multitud de consejeros hay seguridad y victoria» (Proverbios 11:14 y 24:6), y la advertencia a aquél que sólo se guía por su criterio: «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte» (Proverbios 14:12 y 16:25).

Sin embargo, Dios tiene la visión completa de todas las cosas, incluidas mi vida y la tuya. Él ve qué nos hace daño ahora, qué nos lo hizo en el pasado y qué nos va a llevar a camino de muerte, y, lo más importante, quiere evitar ese sufrimiento y sanar las heridas que podamos tener hoy. Porque hoy es el momento de ir a Él.

Una perspectiva más alta: El reflejo de Cristo.

Hemos podido estar alejados de Dios, hemos podido quizá ni conocerle u oído hablar de Él mal, con los espejos que hayamos podido tener. Pero Dios está hoy con sus brazos abiertos para recogernos, darnos una visión nueva de la vida, una más real, una que nos transforma, que trae paz, aunque estemos en medio de un viento huracanado. Sólo espera que miremos a Él, que giremos el espejo hacia su visión del mundo, para que podamos despertar y vivir su mensaje: hay vida después de la muerte.

Y el destino de esa vida, depende de verle a Él cuando nos miramos en nuestro espejo, de entregar nuestro ser a Dios, para que nuestros ojos sean abiertos y podamos ver con claridad. El resto, no es importante. Cuando uno ve a Dios, lo demás importa menos.

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados, de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2ª Corintios 3:18).

Dios nos da la capacidad de ver desde una perspectiva más alta, donde lo que veo en el espejo cada mañana, tiene una importancia menor. Donde lo importante es cómo me ve Él. Y me ve precioso, huracanado, imperfecto, pero por su gracia, cada día más parecido a Jesús, si le miramos. Que a Dios sea la gloria. Amén.

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