La Entrada de Cristo en Jerusalén del Maestro de Taüll
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En el primer cuarto del siglo XII, el anónimo Maestro del Taüll pintó la «Entrada de Cristo en Jerusalén». Esta pintura estaba en el interior de la Ermita de San Baudelio de Berlanga, situada en la provincia de Soria. Es la pintura más antigua del mundo que recoge esta escena, sin contar alguna miniatura en manuscritos ilustrados como el Codex Egberti del siglo X.

Actualmente se expone en Indianapolis Museum of Art. Esto ha sido posible mediante la técnica strappo. Una técnica que consiste en arrancar del muro la pintura y transferirla a un lienzo. Este cuadro fue transferido a comienzos del siglo XX.

Tal y como cuentan los cuatro evangelios, en vísperas de la fiesta de la Pascua, Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino. Allí trataba de abrirse paso acompañado de sus discípulos entre el gentío.

Por su parte, el pueblo que de forma multitudinaria había acudido a la ciudad para la fiesta, «al oír que Jesús venía a Jerusalén» (Juan 12:12) «tendían sus mantos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían por el camino» (Marcos 11:8).

Durante el suceso se registraron dos tipos de reacciones que estaban en las antípodas las unas de las otras. Explosión de júbilo. Mascullar de resentimiento. Por un lado el pueblo, cercano y participativo. Por otro lado, los que hasta la fecha habían sido los referentes espirituales del pueblo, ajenos y observando desde la distancia.

La entrada de Jesús en Israel era un sinónimo de esperanza para el pueblo. Un deseo de libertad. Por eso, entre otras cosas, al paso de Jesús exclamaban con entusiasmo y a viva voz: ¡Hosanna! ¡Hosanna!

La palabra hebrea hoshi‘a na está formada por las raíces yasha’, que significa, salvar; y por na que significa, ahora.

El pueblo estaba clamando: ¡Sálvanos ahora! ¡Sálvanos ya! «¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas!» (Lucas 19:35). «¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!» (Marcos 11:7) «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel» (Juan 12:13).

Para los fariseos, por el contrario, estaba siendo todo un dolor de cabeza. Alguno le pidió a Jesús que aplacase los ánimos de la multitud y que reprendiese a sus seguidores (Lucas 19:39). A lo que Jesús le respondió: «Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían» (Lucas 19:40). Otros, desmoralizados, decían entre ellos: «Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él» (Juan 12:19).

La entrada de Jesús en Jerusalén no dejó a nadie era indiferente. Hasta el punto de que incluso los que no sabían quien era Jesús, estaban sobrecogidos por lo que estaban viendo (Mateo 21:10).

Jesús no solo entró en Jerusalén, sino que lo hizo de una forma triunfal. Una entrada propia de las más altas potestades de la época.

La entrada de Cristo en Bruselas en 1889

De las muchas obras que a lo largo de la historia se han inspirado en entrada de Jesús en Jerusalén, destaca la obra del pintor belga James Ensor titulada «La entrada de Cristo en Bruselas en 1889».

Entrada de Cristo en Bruselas en 1889 de James Ensor

Aunque esta obra se pintó en 1889, tal y como dice su propio título, tardó 40 años en exhibirse por ser considerada radical y escandalosa. Y por ello no fue hasta 1929 cuando se mostró públicamente por primera vez.

James Ensor retrató a Jesús entrando en Bruselas en lo que sería la ciudad moderna de la época. Una entrada muy diferente a la que cuentan los evangelios.

En esta ocasión, el autor pinta a Jesús siendo ignorado por la gente. Indiferentes a Cristo, marchan gustosos en el bullicio del ruido y del caos de sus propios dogmas o ideologías. En donde todos gritan sus consignas pero nadie vive de verdad según el mensaje de Cristo.

Así se puede ver una pancarta que dice «Viva la revolución social». Otra que dice «Viva la fanfarria doctrinaria» y otra que dice «Viva Jesús, rey de Bruselas»… Pero, lo cierto es que Jesús, pese a ocupar una posición central en la pieza, su participación tiende a la irrelevancia.

Resulta muy gráfico ver como la gente que ocupa la parte inferior del cuadro marcha delante de Jesús, dándole la espalda, ajenos o indiferentes a su presencia. Es un desfile de soldados, payasos y políticos. El uso de máscaras grotescas, es un elemento que critica el vacío humano y el exhibicionismo de su hipocresía.

La crítica de James Ensor ataca la autocomplacencia del poder político, la liturgia y las normas de una religiosidad muerta que ha expulsado aquello que verdaderamente es sagrado y espiritual. Una sociedad que honra de boquilla a Cristo pero que su corazón está lejos de él (Mateo 15:8).

Sin duda, la intención del artista es toda una declaración de intenciones que debiera hacernos recapacitar.

La entrada de Cristo en Nueva York

El pintor Paul Manes, inspirado en la obra de James Ensor hizo su propia versión de la Entrada de Cristo en Bruselas en 1889. Según los catálogos de exposición y las fichas de colección, la creación de esta obra se sitúa entre 1993 y 2006.

No sorprende que Nueva York haya sido la ciudad elegida para ubicar la escena. Sin lugar a dudas, Nueva York en esa época fuese el lugar al que miraban todos los ojos del planeta. No solo era la ciudad más importante de la primera potencia mundial. Es el exponente y el corazón de la avaricia económica de los mercados, del espectáculo más transgresor y del culto a la celebridad. La capital del mundo global saturada por el ruido de los medios, la fama y el consumo.

La entrada de Cristo en Nueva York de Paul Manes

Lo curioso de la obra de Paul Manes, a diferencia de la de James Ensor en donde Cristo era visible en medio del carnaval, es que ni siquiera está Cristo presente en el cuadro.

Es decir, es como si el autor hubiera querido decir, que Cristo ha llegado a la ciudad pero no tiene sitio ni en el lienzo porque tampoco hay espacio para él en la sociedad moderna. Nadie lo busca. Nadie lo reconoce. El vacío espiritual ha sido llenado por otras figuras de culto, personas de carne y hueso, que han expulsado directamente a Cristo del mundo.

¿Por qué las obras de Ensor y Manes escogieron a Cristo para formular sus denuncias sociales? Pues porque ambos, aunque sólo sea desde una perspectiva cultural, reconocen a Cristo como el espejo moral pleno. Es el modelo a seguir y por el que juzgar todas las cosas porque en Cristo hay un sentido y un significado absoluto. Es un espejo moral inalterable, con independencia de las diferentes circunstancias de la sociedad del siglo I o las de los siglos XIX y XXI.

Como curiosidad decir que está obra pertenece a la colección de Roberto Polo y está expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo de Toledo.

¿Cómo sería la entrada de Cristo hoy?

Las obras que hemos comentado en este artículo, retratan una sociedad opulenta y empachada de superficialidad. En donde el culto al ocio y al ego son los altares a los que dedica la mayor parte del tiempo y de los esfuerzos. Dios está en un plano tan secundario que se ha vuelto invisible para la sociedad, y lo que es más preocupante, también lo es para una gran parte de cristianos.

Y ¡Claro! ¡Cómo no transportarse a la pregunta retórica que Cristo hizo a sus discípulos en relación con la perseverancia en la oración y el deseo de encontrar la justicia que viene de Dios!: «Cuando venga el Hijo del Hombre ¿hallará fe en la tierra? (Lucas 18:8). Es decir, personas que sigan orando al Padre, que sigan esperando al Hijo y que sigan escuchando al Espíritu Santo. ¿Habrá tales cuando Cristo venga?

El propio señor Jesús anunció a sus discípulos en el monte de los Olivos cómo sería la venida del Hijo del Hombre. Y sabemos que el tiempo en que se ha de producir, es algo que sólo sabe el Padre (Mateo 24:36). Es decir, nadie tiene ni idea de una fecha concreta. Por eso, cada vez que un narcisista rebelde a Cristo, trata de poner una fecha a su venida, falla estrepitosamente y daña gravemente la fe de los creyentes y el testimonio de la Iglesia.

La Biblia nos dice que: «Como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mateo 24:38-39).

Es decir, la reacción del mundo será como en los días de Noé. Sin entendimiento. Ufanos en su soberbia. Voluntariamente ajenos a Dios.

En la Biblia se nos dice que se tienen que dar una serie de requisitos que desencadenarán la venida de Cristo (2ª Tesalonicenses 2:1-12). Y que esta será cuando menos lo espera la gente. «Cuando digan paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina» (1ª Tesalonicenses 5:3).

El apóstol Pablo apela a la diferencia entre los hijos de luz y los hijos de la noche. Y no cogerá por sorpresa ese día a los hijos de luz. Porque sabemos que pertenecemos a Cristo quienes perseveramos en la comunión con el Espíritu Santo y en oración. Por eso, no estamos completamente a oscuras en relación a la venida de Cristo.

Sin embargo, ¿estamos perseverando en la fe? ¿podríamos estar cometiendo los mismos errores que hizo el pueblo de Israel en el s. I y que los evangelios retrataron con el célebre: «a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11)? Siempre es bueno, reflexionar con el propósito de corregir aquello que es deficiente, para que cuando Cristo venga, sólo haya júbilo.

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